Opinión

Impunidad y corrupción

Impunidad y corrupción

La impunidad es la falta de castigo, de sanción al delito. Y es una preocupación sensible que de una manera u otra nos arropa, porque quien sea es y puede ser víctima de actos delictivos directos o circunstanciales. De quien se nos mete en la casa para robarnos esperamos escarmiento, y cuando no ocurre, a pesar de las evidencias, salta la arbitrariedad a la vista.

Los gobiernos administran el bien público, el bien común. Si por alguna u otra razón o hechos visibles o supuestos cualquiera de nosotros se sintiera perjudicado por acciones públicas que vulneran o arriesgan el patrimonio ciudadano es obvio que la indignación, la desconfianza, la idea de derrota se adueñará de nosotros, y mucho más cuando hechos sucesivos reales o supuestos pasan por delante como un perro por su casa.

La lucha de una sociedad por el rescate de sus valores, de las buenas prácticas individuales y sociales, de abrazarse a una moral para reclamar lo ético, es loable e indica una toma de conciencia que gira en torno a deberes y derechos. La sociedad se vuelve mucho más vigilante construyendo diariamente su ciudadanía y/o fortaleciéndola. Una ciudadanía basada en cuestiones éticas es la punta de una lanza.

En distintos momentos la sociedad dominicana ha reclamado una moralidad pública. El fracaso ha devenido cuando las exigencias sociales de carácter cívico son infiltradas o contaminados los movimientos por fuerzas políticas organizadas que intentan convertir la espontaneidad en argumentos a su favor a los fines de alzarse con la lanza para transformarla naturalmente en votos a su favor, sin importarles el desarrollo ciudadano.

Frente al Estado y ante cualquier gobierno un movimiento cívico en demanda del cese de la impunidad es un acontecimiento político, más todavía cuando la falta de justicia está vinculada a los actos de corrupción gubernamental. El desgaste llega inmediatamente el liderazgo de oposición a un gobierno hace suyo (lo cual es casi inevitable) toda acción voluntaria del ciudadano, porque cuando el ciudadano salió a las calles indignado es porque los partidos perdieron su capacidad de interlocución, de mediación entre gobernados y gobernantes.

Y algo más. Soy optimista pero a veces creo que necesitamos tener calidad moral para lanzarnos a reclamar la ética anhelada. Hay revisarnos.

El Nacional

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