La manifestación escenificada el sábado ante el Altar de la Patria por decenas de ciudadanos de ascendencia haitiana fue, sin importar las razones de esa convocatoria, un acto de irrespeto al venerable lugar donde reposan los restos de los padres de la nacionalidad dominicana.
Ese espectáculo de mal gusto, convocado para reclamar derecho, se erigió en plataforma de burla y provocación contra el gentilicio nacional, toda vez que quienes exigen la nacionalidad dominicana no observaron reverencia ante las tumbas de Juan Pablo Duarte, Ramón Matías Mella y Francisco del Rosario Sánchez.
Las entidades nacionales y extranjeras que organizaron esa insolencia contra sagrados símbolos nacionales no ignoraban que sería recibida por la sociedad dominicana como una ofensa inadmisible e injustificada, porque en vez de presentar respeto a los fundadores de la República se escenificó en ese lugar una fiesta de ritmos y bailes folclóricos haitianos.
No se niega derecho a ciudadanos de origen haitiano a reclamar al Estado que les otorgue la nacionalidad dominicana que dicen merecer o de la que alegan haber sido despojados, pero es inaceptable que en nombre de ese pedido se irrespete al Altar de la Patria.
El Tribunal Constitucional ha cumplido con su rol de determinar el alcance de la Constitución en lo referido a la nacionalidad, al determinar que conforme al Texto Sustantivo, los hijos de indocumentados no adquieren de manera automática la ciudadanía.
Es en esa virtud que el Congreso y el Poder Ejecutivo crean el ensamblaje jurídico para que los ciudadanos extranjeros afectados por esa sentencia regularicen su situación y puedan, conforme a la ley, adquirir la nacionalidad dominicana, que en ningún caso puede ser otorgada de manera administrativa y masiva.
Las vías de los recursos de ley están abiertas para toda persona que considere que sus derechos han sido violentados por cualquier disposición de tribunales o de autoridades del Gobierno, además de señalar que en República Dominicana se respeta cabalmente el derecho a la protesta pacífica.
Lo que se condena y se rechaza a todo pulmón es que extranjeros o descendientes de extranjeros, con la complicidad de malos dominicanos se congreguen ante el Altar de la Patria con el aleve y abusivo propósito de ofender o burlarse de un excelso escenario donde reposan los padres de la nacionalidad dominicana.

