La Cancillería dominicana ha hecho bien en rechazar la velada amenaza de la primera ministra de Haití, Michéle Pierre-Louis, de que las relaciones entre ambas naciones podrían agrietarse por repatriaciones de indocumentados y por incidentes en los que se han visto envueltos ciudadanos de ese país, porque esas declaraciones son intimidatorias, ligeras e inaceptables.
A pesar de que el presidente René Prèval reconoció que la decapitación de un ciudadano haitiano, que antes había asesinado a un dominicano, constituyó un hecho trágico aislado, la ministra Pierre-Louis usa este episodio como telón para verter injustos juicios de valor contra Gobierno y pueblo dominicanos.
Entre las causas que agrietarían los nexos con Haití, figura lo que la señora Pierre-Louis define como intempestivas repatriaciones de indocumentados haitianos, con lo cual cuestiona el derecho irrenunciable de una nación de aplicar con arreglo a la ley y al derecho su política migratoria.
No es cierto que aquí se producen agresiones recurrentes, asesinatos gratuitos o repatriaciones intempestivas contra inmigrantes haitianos, como afirma esa funcionaria, que debería saber que en República Dominicana se asienta la mayor comunidad de haitianos en el extranjero, sin que se pueda acusar a las autoridades nacionales de ejercer o estimular políticas de discrimen.
Esas infortunadas declaraciones fueron vertidas cuando la primera ministra presentaba en Puerto Príncipe a los funcionarios que representarán a Haití en la Comisión Binacional que abordará temas de cooperación interfronte.
El informe
En el informe de las investigaciones que realizó una comisión oficial sobre la muerte del recluso Rolando Florián Féliz, en la cárcel de Najayo, figura el resultado de un análisis forense practicado al confeso homicida, capitan Lino de Oca Jiménez, en cuyas manos no se encontró residuos de pólvora, pese a que se dice habría hecho ocho disparos.
Ese dato complica las cosas, pues no se entiende que el capitán De Oca Jiménez dispare repetidamente un arma a corta distancia sin que quede en su cuerpo evidencia física de que usó un arma que por demás no era suya, sino del teniente coronel José Antonio Pulinario Rodríguez. La madeja de los hechos se ha enredado.

