Se ha dicho y repetido que el crecimiento de la economía dominicana se sustenta principalmente en el sector externo, aunque se resalta el significativo aporte al Producto Interno Bruto (PIB) de la construcción, agropecuaria, intermediación financiera, minería y telecomunicaciones, entre otros renglones.
Turismo, remesas, inversión extranjera y exportaciones representan pilares fundamentales en el incremento del PIB dominicano, que en términos absolutos supera los 80 mil millones de dólares, sin que se reste importancia a puntuales políticas internas relacionadas con la estabilidad macroeconómica y monetaria.
Gobierno, Congreso, clase política, empresariado, academia y sociedad civil deberían alinear sus respectivos discursos a la incontrastable realidad de que República Dominicana ya no es un ente insular, sino que su presente y futuro se relaciona íntimamente con un entorno convulso y cambiante.
El debate político, económico y social resulta difuso, inconsistente y muy alejado de la agenda de prioridades nacionales, como si el liderazgo nacional deseara desempeñar el infeliz papel que se le atribuye al avestruz.
Aquí no se habla de lo que podría ocurrir si en 2025 se aplica cabalmente el acuerdo de Libre Comercio con Estados Unidos y Centroamérica (DR-Cafta), en lo referido a la desgravación arancelaria de rubros como arroz, pollo, leche y cerdo, lo que pondría en peligro la autosuficiencia alimentaria del país.
Tampoco se recrea el tema del Pacto Eléctrico, a pesar de que en menos de diez días se inicia el proceso de entrada en operación del complejo de generación eléctrica de Punta Catalina, que se supone debería impactar muy seriamente sobre una industria monopólica que ha representado miles de millones de dólares en pérdidas al Estado en el último decenio.
Lo relacionado con una reforma fiscal integral y justa está totalmente ausente del debate público, como si se condenara a la economía y a la gobernanza a convivir con un régimen tributario que promueve injusticia e inequidad.
El liderazgo nacional debería entender que la República no se erige sobre un mar de petróleo ni el oro aflora en cualquier traspatio, por lo que se requiere planificación y consenso para prevenir y afrontar tiempos difíciles que se avecinan, cuyos vientos menores tendrían categoría de gran huracán.

