amás he perdido las expectativas de que en cualquier momento se conocerá el contenido de los 1,671 informes confidenciales de la diplomacia estadounidense sobre el ejercicio del poder y la política en República Dominicana. Pese al tiempo transcurrido desde la borrasca desatada por la difusión de los primeros dos de los 1,673 sobre el país, el hecho de que Estados Unidos se haya interesado por detalles tan personales, como la alimentación de un gobernante o la capacidad del presidente Renè Prèval para lidiar con los efectos del terremoto que asoló Haití, es para no desesperarse. Ese interés no es por cuestión de morbo, aunque la curiosidad mata a cualquiera, sino para contrastar la visión de Washington sobre la realidad construida por las autoridades. A sabiendas de que la opinión no alterará la atmósfera y sin importar que la hayan descalificado de antemano. No sé si los informes que no se han divulgado son demasiado explosivos o más intrascendentes de la cuenta, pero alguna importancia tienen que tener para que fueran despachados. Por experiencia se sabe que lo importante no es lo que los diplomáticos dicen en público. Pero al margen de la doble moral, los papeles han evidenciado que la diplomacia estadounidense no sólo está atenta a todo, sino que da cuenta de todo lo que involucra al poder y la clase política, así como al sector empresarial. La expectativa pudiera haber sido satisfecha si algún medio local se hubiera diligenciado su publicación a través del algún tipo de arreglo con los medios encargados de la exclusiva por WikiLeaks. Pero se sabe que ese no ha sido el caso, por lo que los interesados están condenados a esperar que llegue el día en que República Dominicana vuelva a la palestra de manos de WikiLeaks. El peso de Estados Unidos hace que los informes que todavía quedan por divulgar puedan constituir un valioso material hasta para reflexionar sobre la suerte de una nación abrumada por la incertidumbre.

