La Marcha Verde había sido capaz de despertar sentimientos ciudadanos que parecían adormilados. En medio de tantos escándalos, uno no lograba comprender cómo era posible que no se levantaran miles de voces llamando la atención sobre esta especie de frenesí de corrupción protegido por la más descarada impunidad. No obstante, cuando se recuerdan los múltiples mecanismos que utiliza un gobierno populista como este, se tiene la explicación de tal abulia.
Dados los pírricos resultados de la penúltima actividad de este fenomenal sacudimiento colectivo, el desánimo parecía haber regresado e incluso se suponía que ese esfuerzo necesario para empujar el cambio impostergable que la nación precisa, había sido liquidado.
Al parecer, el reflujo tuvo una etiología circunstancial y solo resultaba imperativo corregir algunos errores, enmendar decisiones y retomar el camino del estímulo a esa gran cantidad de dominicanos y dominicanas que, hastiada de tanto desparpajo ético, está decidida a dar el paso que sea adecuado para provocar un viraje en esta situación que, de continuar, nos va a conducir a un escenario de pérdidas que serán difíciles de revertir.
El domingo 12 las cosas retomaron su lugar. He participado en muchas actividades políticas que han implicado movilización de grandes masas. Puedo testimoniar que es difícil que la historia registre alguna de mayor significación cuantitativa y cualitativa. Después de ella, no me quedaron dudas de que en el corazón de parte importante de la ciudadanía se ha enraizado una sensación de repulsa definitiva a un estilo de gobernar y a personajes cuyo descaro vulnera los más elementales principios del decoro.
Ahí está la materia prima que hace falta para empujar la carroza del Estado por senderos que lo conduzcan a su institucionalidad, a ser dirigido con mentalidad que priorice eficiencia, austeridad, ahorro, políticas públicas inclusivas, financiamiento productivo, sistema judicial independiente, altas cortes despolitizadas, organismos supervisores y de control funcionales, salud pública integral, educación al servicio del desarrollo, en fin, un país que ejerza auténtica democracia.
Sin embargo, ese renacer del espíritu combativo del pueblo luce excelente, pero no es suficiente para alcanzar el propósito que tantos deseamos. Se trata de manifestaciones que hay que canalizarlas políticamente a través de alternativascargadas de seducción.
En ese conglomerado hay propósitos comunes, pero no cualquier propuesta unifica. Si la dispersión de ofertas y la obstinación presidencialista de muchos prevalecieren, el fracaso sobrevendría y ese insumo humano que marchó, se escurriría como agua entre los dedos.

