En un mundo cada vez más complejo, donde las relaciones sociales están dominadas por la inmediatez y la globalización, surgen dificultades y problemáticas que implican necesidades de solución en el ámbito de la comunicación y el relacionamiento.
Estos elementos no se enseñan en las escuelas, colegios y universidades, pero están presentes en cualquier proceso de contratación laboral, donde se interroga sobre la capacidad de trabajar bajo presión, el trabajo colaborativo, el liderazgo y el manejo de equipos, la comunicación asertiva o la capacidad de aprendizaje.
Todos estos elementos tienen un eje común: el desarrollo de una inteligencia emocional.
La sociedad que actualmente nos rodea, está vinculada a diferentes manifestaciones de desequilibrio emocional, por lo que resulta casi común ver situaciones como violencia, abuso, suicidio, en relación a los jóvenes y niños.
Hablar de inteligencia emocional, resulta paradójico cuando la realidad muestra desequilibrio emocional en los niños; porque la inteligencia emocional requiere de fortalecimiento, de interacción positiva constante, de comunicación asertiva, de expresión de emociones con libertad, de desarrollo de habilidades, para las cuales debe existir un entorno armonioso y positivo.
En las últimas décadas, se vienen desarrollando investigaciones sobre el aspecto emocional de los individuos, y es que la inteligencia emocional contiene aspectos importantes de las relaciones de tipo interpersonal, intrapersonal, adaptabilidad, estados de ánimo y las habilidades de manejo del estrés, que tienen un enorme efecto en el desempeño profesional.
Las emociones son reacciones que se producen por sentimientos internos de nuestro cuerpo, de una información que proviene de lo externo y de lo interno y producen tristeza, alegría, enojo.
La inteligencia emocional es por lo tanto una capacidad, habilidad o destreza para entender las emociones, sentimientos propios y la de los demás, reconocerlas y por ende manejarlas en diferentes circunstancias en las que nos encontremos.

