En materia de poesía hay un tipo de ceguera que pretende verlo todo.
Pero la intuición no se aviene a esos equívocos cuervos y sicómoros.
Decir que un verso bien logrado es producto de la intuición es un modo de nombrar un ave que vuela en los cielos sagrados de la imaginación.
Una circunda a la otra, le otorga alas hermosas y sorprendentes.
¿Qué otra visión que no sea intuitiva, producto del llamado ocio creativo, que le es connatural a poetas y filósofos, puede llevar a un hombre a descubrir una fuerza universal como el movimiento y hacerle decir que nadie se baña dos veces en un mismo río?
La intuición creadora o delirio de lo instantáneo, como le llamó Dalí, es una de las misteriosas facultades de la mente profunda.
En su condición infalible, nos acerca a conocer el conocimiento.
No nos permite el cielo a los simples mortales entender qué intrincados procesos conducen a esos relámpagos neuronales a deslumbrarnos con destellos irrepetibles.
Pero se place en permitirnos disfrutar de sus artificios que se deciden en versos memorables.
Intuir es desoir Escilas navegantes que deciden el fluir del asombro.
Es desorbitarle los párpados al sentido común, a la infancia de la armonía.
Es desandar las escalas del hambre, devorar pieza por pieza la distancia entre el llanto y las sombras.
Hay un reino de símbolos, de címbalos, que toma de la vida sus idiomas, se desinhibe en llamas navegables, en ritmo y musicalidades, en todo lo que se habita de improbables.
La intuición es al tiempo lo que la rosa al deshielo.
Yo busco en las entrañas del humo, la utopía vulnerada, la unción de quimeras, el eco de la doble pesadilla en que se desangra la materia.
Labra la azucena su dolor/al azul de líneas paralelas/y el sueño/lámpara del éxtasis/ despierta las formas.
Me conmueve el rosado plumaje de las dudas/ porque yo suelo ser su mano diestra.
Hela ahí a la sombra, al cuadrado de la circunferencia/.
La intuición desgarra de lo oscuro el Nombre/ Y devela en cristal, saeta de la nada, letra sagrada, espejo que labra encrucijadas.
Intuir es desdoblarme en luciérnaga, en lámpara victoriosa.
Nadie ha tocado su cuerpo sagrado, nadie ha visto su vestidura. La intuición, diosa apartada, es ella sola.
El mediador, artista, poeta, escritor, es un médium, un vector, que cae en el trance creador, en la tensión que hace surgir la obra de la nada aparente.
Es el delirio de lo instantáneo como le llamó Dalí.
Kant la situó como el modo no sensible de conocer el mundo a través de las facultades hipotéticas basadas en objetos racionales puros.
Hay, empero, una intuición sensible en la que se percibe el mundo a trasvés de los sentidos.
La intuición intelectual se nos muestra incomprensible pues no hay al parecer otra manera de conocimiento que no sea la nuestra.
Para Kant vendrían dados los límites de la intuición sensible por todo aquello que no sea una representación sensible.
A esa luz extraña él le llama noúmeno.
Claramente, la intuición no sigue una trayectoria racional para su construcción y formulación final.
De ahí que resulte casi imposible explicarla.
Pero se le puede relacionar con experiencias previas más su correlato es harto misterioso como una nave fantasma que arribara de noche al puerto callado de nuestras emociones.
En oposición a los pensamientos abstractos, se las puede percibir más fácilmente a las intuiciones como reacciones emotivas repentinas,
Esto les asigna un encanto en la creación poética dada su capacidad para sorprendernos, para atraparnos con sus deslumbrantes garras metafísicas.
Hay quienes creen que este es un conocimiento inconsciente que emerge de zonas del cerebro que no están asociadas con el pensamiento racional, lo cual le asigna una suerte de mediumnidad que no desdice sino que refuerza las capacidades humanas para procesar, incluso bellamente, lo ininteligible.
Al arte poético no le amargan esas conclusiones ya que las emociones constituyen una parte fundamental de su materia prima y de sus motivaciones básicas.
La serendipia o conocimiento previo, sin justificación racional, ya ha sido objeto de debates de los que se han ocupado incluso las enciclopedias a través de las cuales uno puede recordar que ella está relacionada directamente con el nivel de conocimiento que tenga una persona sobre el tema de estudio.
El Budha nos dice que la intuición y no la razón atesora la clave de las verdades fundamentales.
Ciertamente, los maestros realizados como Gautama, son grandes intuitivos, lo cual, llegado cierto grado de iluminación, les asigna incluso poderes extrasensoriales a la altura en que llega a considerárseles incluso seres divinos.
Cuando a Sidharta le preguntaron si él era un dios, se limitó a responder: estoy despierto.
Cinco mil años después, en el siglo xx recién concluido, le hicieron parecida pregunta a Satya Sai Baba y éste respondió: tú eres un dios, la diferencia está en que yo lo comprendo y tú no.
De modo que tiene que haber un nivel de comprensión, un estado de conciencia dado, un despertar, un darse cuenta, para entender la conjunción de facultades que se expresan en la intuición de la que nace por ejemplo una obra maestra que no va a ignorar la historia.
La obra tenía que llegarle los sentidos por medios inconscientes aunque su para su realización necesariamente debía emplear la razón.
A esas conclusiones no se puede llegar más que a través de poderosas intuiciones que parten de una profunda meditación.
Honda meditación, honda intuición.
La comprensión sensible no le es ajena.
Es como escuchar al universo en el que según descubrieron los bodhisatvas de la India y los iluminados de todos los lugares donde apenas los ha habido los ha habido, el conocimiento abarca todos sus límites posibles.
¿Qué podemos decir de los muy escasos genios precoces que ha dado la humanidad sino que han sido ferozmente intuitivos hasta límites que escapan a toda posibilidad de encasillamiento?
Pero para fortuna de los humanos comunes como nosotros, eventualmente, nadie está exento de la facultad de intuir.
Sólo que no todos la usamos intensamente. Es más, hay quienes ni la usan.
Otros no se dan cuenta que la tienen y hay quienes toman ese poder tan noble como una elemental corazonada y nada más.
Hay, además, intensidades en la intuición, hay factores culturales, de formación, hay capacidades y otros factores.
Lamentablemente nuestras vidas están signadas en estos tiempos por una lógica racionalista que limita e incluso anula ese poder.
No hay que ser gurúes para tener presentimientos, para experimentar visiones futuristas, para adelantarnos a acontecimientos del porvenir o para lograr los versos excelsos que alguna vez cruzaron por los mares cautivos de nuestros sueños.
En cuanto a la intuición científica, Einstein sigue siendo un ejemplo particular:
Sus trabajos de física teórica tuvieron que esperar 50 años para su comprobación por medios tecnológicos apropiados.
Hay ahí una alta intuición que él valoró como cuestión única. (Conferencia dictada en el Pabellón de Autores Dominicanos, Feria del Libro 2007).

