Orlando Gómez Torres
orlando.gomez@gmail.com
La muy cuestionada sentencia del Tribunal Constitucional sobre la nacionalidad de los hijos de inmigrantes, predeciblemente ha sido un desastre reputacional para el país. Sin embargo, la inesperada ofensiva diplomática de Haití abre la posibilidad de que se genere el suficiente incentivo político como para que el Estado dominicano asuma principios más intervencionistas sobre los asuntos internos de nuestro vecino, algo que a largo plazo pudiera ser positivo para el país.
La reacción del Gobierno de Haití vista desde fuera luce como un intento desesperado por desviar la atención sobre los problemas que viene enfrentando para reencausar esa nación, luego de que fuera devastada por un terremoto. Agobiado por protestas habituales, el Presidente Martelly acude al mismo recurso que en su tiempo emplearon los ex Presidentes Aristide y Preval, usar a la República Dominicana como el foco de frustraciones.
Desde hace mucho tiempo ha resultado más que evidente que la República Dominicana de una forma u otra paga las desavenencias de carácter político que se producen en Haití. Sin embargo, la única respuesta que han sabido dar los gobernantes de nuestro país es reaccionar a la defensiva y reclamar de la comunidad internacional la solución al problema haitiano. Partiendo de que inevitablemente el segundo país más afectado por los problemas de Haití somos nosotros, esperar soluciones desde fuera de la isla es a todas luces ingenuo y contraproducente.
Obtener relativa incidencia en la toma de decisiones en Haití, mediante el favor de funcionarios, políticos, empresarios y organizaciones gubernamentales dentro de Haití no representaría una carga económica tan significativa, considerando la corrupción rampante y las necesidades económicas en la vecina nación.
El Estado dominicano debe asumir la costumbre de participar activamente de los procesos políticos y electorales en Haití mediante el financiamiento de campañas políticas y grupos de presión cuyas orientaciones sean afines a las necesidades de la República Dominicana frente a esa nación. Adicionalmente, es fundamental que se produzca un acercamiento y se otorgue el apoyo necesario a las fuerzas de seguridad haitianas, que en todo caso, y mientras perdure la fragilidad institucional en ese país, seguirán siendo la fuerza de facto.
Los dominicanos culturalmente prefieren mantenerse alejados de Haití y desestiman a sus naciones como incapaces, en algunos casos hasta les llaman salvajes, abiertamente ignorando que no son más que una nación con serios problemas, no muy distintos a los que en algún momento tuvimos nosotros.
Las soluciones de nuestros problemas con Haití no llegarán mientras sigamos pretendiendo huir de ellos teniéndoles pegados en la misma isla, como dos siameses tratando de correr uno del otro. La gran resolución tampoco vendría de una ridícula fusión, que solo existe en la cabeza de los patriotas paranoicos. Pero puede que las cosas empiecen a mejorar, al menos para nosotros, si nos acercamos lo suficiente a ellos como para que les duela. Y si bien no necesariamente terminarán los problemas de ellos o los nuestros, al menos ellos podrían ser menos problema para nosotros.
Orlando Gómez Torres
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