Me cansan los intelectuales imposibles. Los comunistas con K, de gran panza e inconmensurable cuenta bancaria. Las censistas simpáticas pero analfabetas. La política ejercida con la égida de la letra p, con la que podemos escribir puta, podrido, pendejo, pintoresco, espantapájaros.
Me hartan los críticos de seminario, sin obra ni memoria, sufridores del talento y los reconocimientos ajenos.
Me producen urticaria los artistas a los que les importa un carajo el destino del país, pero viven al acecho, presto para levantarse con el santo y la limosna.
Siempre tras la sombra, soñando que la divina providencia, le provea de un amigo querido, rendido ante las facilidades de alguna ONG sin fines de lucro, pero en la vida real, de lucro sin fin. Fingida mancuerna crediticia o religiosa, de grande auspicio y abnegada filosofía.
Dice Amber que me curo con los helados de fresa, las películas de Tin-Tan y los trabalenguas de Cantinflas. Que me hacen feliz las ingeniosas ocurrencias de Phineas y Ferb. Y así, los impasibles y maravillosos acordes de Berlioz, los abrazos sanadores de Chrisángel, y la llamada del amor, pasado el meridiano de las dos y treinta en fuga.
Pero me turban las deslealtades, las injurias, las traiciones, el veneno transeúnte, instituido como salvaguarda del espíritu por la ausencia de talento. Me quitan el sueño las miserias humanas, la falta de vocación y de carácter, las infamias gratuitas, las consabidas cobardías…
¡Pero estamos a fin de año! Me urge multiplicar los abrazos, compartir el vino, los bocadillos, las buenas noticias. ¡Es tiempo de reencontrarnos en el recodo más íntimo y apetecido de la ternura!

