El octavo pecado capital
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El dolor ajeno ha pasado a ser, por común en nuestras calles; pastel idóneo para inadvertidos. Hemos revestido a nuestro interior de un formidable caparazón, que sin darnos cuenta, ha disminuido nuestra capacidad de asombro, mitigando sentidos tan nobles y humanos como la solidaridad y la compasión.
Estigmatizada como primera alegoría de la Era Post Moderna, la indiferencia parece ser, la esencia inconfesada del conglomerado humano contemporáneo.
El siglo XX estuvo permeado por la infinita presencia de la sangre -como bien titularía uno de sus libros el poeta Dionisio De Jesús (Cevicos, 1959)-, así como por inesperados cambios sociales, invenciones asombrosas, invasiones deleznables e injustificadas, enfermedades incurables, pandemias terribles, descubrimientos inusitados, conflictos bélicos evitables e inexplicables desencuentros entre naciones, otrora hermanas; pero también de obras artísticas y literarias que se convirtieron en hito, de eventos históricos que se cimentaron en su tráfago heroico, de hallazgos insólitos e insospechados que justificaron la aparición del primer hombre sobre la tierra, y de encuentros promisorios que dieron a la humanidad, motivos incuestionables para multiplicar su esfuerzo en pro de su anhelado avance y desarrollo.
Es este siglo XXI el que intenta sorprendernos a todos en su primogenitura, tratando de convencernos de que toda empresa particular se hace preferible, a aquella nobleza intuida-, que convoca a los hombres, y desinteresadamente, intenta aunar sus voluntades.
Abocado a la inflación diaria de su maleado ego embrionario, el reto verdadero del hombre de hoy, es sobrevivir a su propio instinto de conservación, extendiendo su acción y preocupación en provecho de su entorno y semejantes.

