Comentaristas e interactivos
Andan con una serpiente cascabel bailando en la punta de la lengua. Se pretenden sabelotodo y se precian de estar al día con lo último que acontece. Fingen novedad y objetividad, pero tras cada frase lanzada al desgaire, les arropa el interés con la incertidumbre.
Creen que conocen todo lo necesario, y hasta se dan el lujo de jugar a discriminar y juzgar, sin empacho de ninguna estola. Se pretenden vigilantes de todo estilo, tema, idea, filosofía, escuela, género, categoría y posturas políticas.
Cada uno tiene su agenda particular; su idea de país esencial, su dulce librito particular, su inconfesada e infame militancia; así como el nombre de su padrino bajo el brazo, su corrupto político favorito, y por supuesto; a cada uno reconforta la fiebre del entorno, su asco visceral, al igual que su memoria perturbada y selectiva.
Algunos piensan que piensan mejor y más que nadie y que todos. Que los oyentes y lectores somos sublimes imbéciles; que llevan atada de la mano que escribe o de su voz estentórea y grandilocuente, la razón que define el futuro del país y la pasión que determina el destino del hombre.
Ungidos en la conciencia de creerse parte anónima de la triste élite de los pocos letrados del patio de nuestros amores, algunos se regodean en el falso sentimiento de superioridad que da la permanente presencia en los medios de comunicación. Mal disimulado por demás y sin ninguna justificación práctica, puesto que, visto a través de un prisma menos decadente, éste cuadre debería devolverle imágenes más compromisorias con la humildad, puesto que tal condición, mirada con aparcamiento razonado, lo dota de una responsabilidad cuya dimensión desborda las necesidades y expectativas de toda la comunidad que le complementa y sirve de referencia.
El problema es que ellos saben que los dominicanos de este tiempo no se atreven a caminar por el mundo sin su escarceo público. Sin su trasnochado y crónico amor. Y sin su develada pluma o voz en continuo escándalo; auspiciadora de hijastras a veces vislumbradoras, pero siempre acezantes.
Esto podría explicar el cuadre de impasibles colectores de relámpagos que mantienen algunos.
Es cierto que forma y fondo, se presuponen fronteras permeadas por su prejuicio e interés particular, y que con cada letra o tono esculpido sobre la profundidad de nuestras ancianas incertidumbres, llegan a proponernos (¿a imponernos?), la terrible serenidad, de su acentuado y disoluto criterio, con el fin expreso de que les alquilemos el ochenta por ciento de nuestros sueño, y con el veinte restante, les permitamos el disfrute aún sea sólo de una tajada- del gran pastel que constituyen para sus aspiraciones, el cúmulo de nuestros anhelos y perentorias necesidades.

