Opinión

Islario

Islario

Haití es el hermano no reconocido. El hermano de padre que algunos dicen “hijo de la calle”. Aquél por el que la señora se enoja al verlo intentar entrar a la casa por la puerta que da acceso a la sala, cuando lo común es verlo asomarse a la ventana de la cocina, solo, humilde, esperanzado, mudo.

Haití es este terrible dolor de cuerpo viejo. Una herida profunda, donde la muerte puso sus huevos, como dijera ebrio de eternidad, el inmenso Federico García Lorca.

Pero es que Haití es la tragedia de nosotros mismos. Un eco. Un hueco. Un suplicio. Haití es la espalda que damos al mar, al pasado lleno de los truenos de las significancias, al horizonte, en todo lo que tiene de secreto esplendor, de reto entumecido, urgido de gracia y solidaridad.

Si nosotros somos el cuerpo del delito, Haití es el delito del cuerpo que denominamos “identidad”, para justificar a diario nuestra inoperancia y xenofobia.

Haití es la gravedad del espíritu cuando no encuentra sosiego ni amparo en la carne que lo enmarca y enrumba. Sabiéndose sombra, donde el dolor se identifica como reflejo de nuestro más anciano despropósito.

Uno de los más significativos poetas haitianos, y a la vez uno de los más emblemáticos y  fecundos -de tez negra con brillo de obrero mal pagado en medio de los  festejos-, llamado Jacques Viau Renaud (1941-1965), quien luchó al lado de nuestros constitucionalistas en abril de 1965, escribió para nunca olvidar, aquello de que “nada permanece tanto como el llanto”.

Ahora tenemos la desdicha de ser testigos. Agonizamos de testimonios, sobre las dolorosas imágenes de tanto llanto recrecido. Esto, hermano, lo sentimos contigo. Vivimos como tú la hora aciaga del caos, el hambre y la catástrofe. Sentimos tu desesperación y nos desespera tu desgracia. Estamos ateridos a tu derrumbe hermano. Tu desdicha es nuestro desconsuelo. Se nos ha caído de repente una casa de palabras. Estamos en trance.

Pero mañana “Si Dios quiere”, resurgiremos. Nuestra historia será otra. Estamos destinados a caminar de mano, aunque nos quieran dividir intolerables, xenófobos, racistas, misántropos de mierda y pacotilla.

Nadie merece tanto dolor. Ninguno merece tanta ira. Ayer, viéndote doblar el cuerpo herido de memoria, se me escapó una lágrima. Y luego vino otra, y otra y otra. Hasta que se hizo himno el llanto. Uno quedo y secreto, hasta donde lo permitió el silencio…

Pero las palabras son insuficientes. Los acentos no tienen ningún poder. Las consonantes carecen de sentido. Las sílabas son caricaturas ridículas e incoloras de la rutina. Y ni siquiera el amor puede salvarnos del vacío que crece, llenándose de vergüenza y estupor en el estómago.

Sabemos que un hermano agoniza de hambre y espanto, y que el día se vuelve grave –ebrio de muerte, duda e incertidumbre-, al momento en que cada segundo se ensaña con la vida, en contra de los sueños de realización y la esperanza.

Este es un islario en penoso desvarío. Disculpen la tristeza.

El Nacional

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