Opinión

Islario

Islario

Un libro puede cubrir con transparencias, la nada temible de una herida. Un autor, puede “intentar” sustituir el sopor que el día le ha resguardado como superficie, o atmósfera de una sagrada maldad, con la nada sublime y secreta expectativa de un renacimiento. La literatura es puente reflejado, entre el hacinamiento del espíritu y el aturdimiento del hombre.

Sin poesía, sin aspiración, sin historias ni verdades qué contar, compartir, develar o analizar, el hombre es un acto del vacío, sindicado como imperfección simbólica de los sueños habitados de otredad.

Es bajo esta premisa de estímulo, igual a compromiso, que los autores recibimos con sincera humildad, los escasos pero justos reconocimientos a nuestras obras.

Con la escritura, uno lo que hace es “acercarse”. Tener una idea de lo breve en el descalabro del amor. Imaginar un detalle inolvidable en la premura de la plenitud. Domar la fiera que ruge al interior de las cosas y las ánimas (al interior de las ánimas de las cosas). Rozar el filo de la perplejidad, la hecatombe y el asombro. Medir la distancia que media entre la nostalgia, la melancolía y la memoria, y así.

Para lograr esto, uno lo que hace es servirse de la palabra -que ciega, que arropa, que murmura-, que no es otra cosa si no, la herramienta -a veces eficaz-,  con la que solemos defendernos del olvido, o del incandescente fantasma de la incertidumbre. Teniendo como infatigable y fiel escudero, al escurridizo corazón de una página en blanco.

Mas,  lo realmente importante es la pasión con la que uno emprende el viaje.

Para abordar el velero convocado por la imaginación para volverse belleza, es necesario que haya fiebre y melodía en el camino. Pasos de fe alrededor del vacío. Suspiros moribundos sobre el fuego. Coraje y temblor mediando en medio de la tempestad. Es decir: tras cada sílaba en arrojo; una utopía vindicante. Bajo cada frase reveladora; un estallido expansivo. Y como destello de cada párrafo, vocal, verbo y letra insatisfecha: un rayo demoledor, transparente y proclamante. Un vivísimo e insondable océano de espejos y signos encantados, drenado por la insoslayable gravedad de nuestro yo tremebundo. Capaz de mostrar de día, las llagas anochecidas de su espíritu, herido en la refriega.

El Nacional

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