Como el Instituto Nacional de Aguas Potables y Alcantarillados (Inapa), no da pie con bolas con lo que justifica su existencia, los dominicanos consumimos el preciado líquido de diversas maneras: comprado embotellado, conservado en esperpentos llamados tinacos, que afean el paisaje, o adquirido a riesgo y costo propio en camioncitos que se estacionan, sin previo aviso, en aceras y contenes.
Como nuestro amable Cuerpo del Orden no cuenta con una estrategia puntual para reducir la delincuencia y asentar con humana firmeza sus reales, en procura del advenimiento de una atmósfera más segura y respirable; promovemos en los escenarios que interactuamos, el aprovechamiento de la vigilancia privada para casas y comercios, así como la compra de sofisticados y costosos sistemas de alarma y alertas electrónicas monitoreadas vía satélite.
Entre nosotros, la Dirección General de Control de Precios es frase hueca. Su complexión estructural cifra como fundamento de su origen, la enorme responsabilidad social de fijar el precio máximo a los artículos de primera necesidad e inspeccionar y controlar las existencias comerciales. A la vez que controlar los pesos, pesas y medidas en el comercio. Mas la realidad es que cualquier hijo de vecino puede montar un negocio donde quiera, cobrar lo que estime suficiente según su soberana gana, y mandar a quien objete su metodología, al mismísimo carajo.
Hay casabe si se acaba el pan. Gas si se termina o sube la gasolina. Sol caribeño para los rolos si se alarga el apagón. Mabí seibano si encarecen las gaseosas. Indultos si no te obedece el juez, y pasajes en primera para Europa, si aseguras el silencio saludable de los contrarios y la displicente complicidad de testaferros y testigos.
La Res-pública es una botica: tenemos el antídoto para los calambres, clavo dulce para el dolor de muelas, ungüento para las estrías, cura para el pecho apretao, y leemos la mano, los pies, la taza. Edulcoramos el destino, y cuadramos encuestas para transformar el orden de los actores políticos.
Somos inventores y generosos. Miramos de frente y de perfil y creemos que la ciguapa es la esencia imaginada por nuestro no asumido deterioro moral. Con cada absurdo inventamos la realidad y sonreímos. Nos entretenemos vilmente. Entretejemos el sopor bandido de nuestro abatido inconsciente. La tara mayor es nuestro imaginario apoltronado ante la debacle. Creemos estar salvados. En medio del caos que expande sus miserias, lanzamos un ¡Viva! ¡Y lo hacemos drogados por la utopía de estar desnudos al margen!

