Responso para Víctor Méndez
Víctor tenia el corazón abierto y los ojos atentos. El tiempo donde se cimbreó en coyunda nuestras sensibilidades, realmente fue corto, y estaba mediatizado por un afán laboral que colindaba entre la prisa periodística, el humor sardónico y la meditación filosófica; puesto que entendía con él, que las quebraduras interiores con que a veces se nos presenta la vida cotidiana, hay que enfrentarla con cierta filosofía, o más bien, con cierto y alevoso humor filosófico, que decía él.
El último viernes de su vida (5 de marzo de 2010), me advirtió que nos estábamos haciendo amigos, y que si quería llevar a buen puerto tal aberración de la naturaleza, debía tener cuidado si acaso en el futuro se me ocurría la idea de atentar contra la vida de los cerdos, ya que, están adelantados los experimentos para hallar una cura contra la diabetes que me tiene fuñío. Así su humor.
No peco si hago público mi convencimiento de que se trataba del alma más alegre y ocurrente de la redacción de El Nacional, que a todos tildaba y bautizaba ingeniosamente. Incluso a uno que, como yo, siempre ha detestado los apodos; el Méndez logró que reaccionara con simpatía cuando saludaba con un ¡¿Y qué poetota?!, aduciendo el perpetrante que tal adjetivo calificativo era el justo y propicio dado mi tamaño físico y trayectoria literaria.
Era esa su manera de honrar y reconocer una amistad que nacía sin condiciones ni connivencias.
Pero la muerte tiene caminos insondables y la vida carece de estatutos, como decía el poeta Enriquillo Sánchez (1947-2004).
Un amigo se precia en los detalles cotidianos, en la solidaridad permanente y en la sagrada utopía que sobreviene de súbito, luego de los actos donde los hombres aúnan sus mayores y mejores esfuerzos, con la esperanzada intención de que el mundo sea cada vez más habitable y menos vergonzoso.
No importa el tiempo en que se ha prodigado el amor entre los seres humanos, si no marcha su fluidez, cónsono con la intensidad de quien lo inquiere o necesita, y a toda vista se piensa o se sabe merecedor.
Frente a Víctor Méndez no era necesario el tiempo retenido para calibrar su destreza, su inteligencia, su don de gente y personalidad vitalísima.
Bastaron a quien escribe 5 meses, 775 horas y un penoso titular sobre su partida, para saberlo verdadero y profundamente entrañable.

