Opinión

ISLARIO

ISLARIO

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La historia no sólo registra el modo en que los actores políticos determinan sus pasos en  la vida pública. Muchas veces, son los pormenores más secretos de su intimidad, lo que trasciende  a los medios y a  las generaciones por venir.

Un caso idóneo para ser referido sobre este tenor, es lo ocurrido con Ana Eleanor Roosevelt de Rooseveld (1884-1962), esposa y prima del presidente norteamericano  Franklin Delano Roosvelt (1882-1945), madre de seis hijos, luchadora feminista, co-fundadora de organismos internacionales que velan por la defensa de los derechos humanos,  defensora infatigable de la minoría negra, de las mujeres y de los pobres en la época de la gran depresión y activista en ejercicio permanente en pro de la ampliación de los derechos civiles.

 La Roosevelt describía el mundillo político como un espacio donde las afrentas y oportunidades se propalan indistintamente, siendo a pesar, el único sendero mediante el cual se puede viabilizar la concreción de los anhelos y las aspiraciones de cada individuo y/o conglomerado.

Sus ideas sobre “la cosa política”, tuvieron cierta incidencia en el tiempo que le tocó vivir, resaltándose los consejos dados a principiantes en el funcionarato de las  lides públicas, para sobrellevar la frustración y sobrevivir ante el escarnio social que sobreviene con el inesperado fracaso.

Aconsejaba a “tirios y troyanos” revestirse con la armadura formidable que supone, la piel inamovible y escamosa de un cocodrilo, para que injurias, mentiras, campañas de descrédito e infecundas maledicencias,  no lograran penetrar hasta donde habita el noble corazón de la sensibilidad humana, impidiendo así el éxito de su cometido: la reducción de la fuerza inconmensurable de la pasión que promueve la voluntad individual y motoriza las acciones emprendidas por el hombre para alcanzar la trascendencia.

De ahí que, Ana Eleanor Roosevelt de Roosevelt, consideraba la política como uno de los oficios existentes más humanos, puesto que, tanto sus virtudes como sus defectos, corresponden a las características y afecciones de su más estricta e intrínseca  naturaleza.

Visto así, lo que dice y desdice al homus político, deja al descubierto las mismas taras y bondades que soliviantan y definen al hombre, en todo lo que el destino le impone como logro, derrota o enigma.

Esto explica el ruido  provocado por la prensa en  la société norteamericana de la época, cuando se difundió la noticia de que la entonces Primera Dama de  Estados Unidos (1932-1944), mantenía una secreta relación lésbica con la  periodista, también estadounidense,  Lorena Hickok (1893-1968).

El Nacional

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