Opinión

Islario

Islario

Ya se sabe que Federico Jóvine Bermúdez (1944) mantiene un apetito voraz, por todo aquello que atenúe su inmensa e infatigable curiosidad de ostión impenitente, de gen lírico, maravillado, fantasmagórico y litigante.

Que los más importantes asuntos de cama y mesa, no le han sido nunca indiferentes, y que del mismo modo, jamás han dejado de fascinarle las negras en celo, de dientes casi perfectos; las rubias desmemoriadas, de pelo largo y falta corta, y las trigueñas mudas, de ojos grandes, encandilantes; traviesas, aventureras y ludópatas; como los mejores amigos del poeta cuando era niño, en su inolvidable e irrepetible “Macorís del Mar”.

Desde pequeño, le tuvo clarísimo a  Jovine Bermúdez, que su paso por esta tierra estaba cifrado para el disfrute pleno del mirar, el decir y el sentir. De ahí su placer por el recuerdo de las tardes marinas del Macorís de su adolescencia; el paseo enamorado por su malecón, ya casi hombre, y el pagano enchumbe en el corazón de sus insuperables delicias culinarias, pasado el meridiano.

Con manos de Mir (Pedro), voz de Plácido (Domingo), fuselaje de cóndor americano y proporciones fenotípicas de Pavarotti (Luciano), el Jovine Bermúdez de estos 66 años, ha sabido alzar su voz hasta donde habita el trueno, y defender con uña y pluma su historia de primacias, frente a cualquier despropósito e intención malediciente de viejos piratas o corsarios de nuevos cuño.

Llegando a constituirse en una  extraña y humanísima paradoja: puesto que, en obra y vida, ha combinado el coraje del combatiente en permanente resistencia cultural, con la del hombre de modales y mentalidad cosmopolita; siempre primero en los festejos; hedonista, elegante, sarcástico, prudente, ingenioso, meticuloso, y sin ningún remedio ni asomo de dudas; hablador, seductor, memoriólogo, cumbanchero y vivaracho.

¡Todo un bon vivant! Genuino, creativo y letrado; cuya modesta distinción en el plano de los “considerandos” emitidos como compendios del “decreto fraterno”, firmado hoy por sus queridos, se ha dado el lujo de prescindir de las bajas e infértiles componendas,  fraguadas en pecaminosas capillas intelectuales y en peligrosas e inmorales sacristías políticas.

En la vida y obra de Federico Jovine Bermúdez, nada, aunque bien lo parezca,  ha sucedido al azar. Todo ha sido fruto y consecuencia de la mágica transparencia de su naturaleza, y de la intención evocadora y madrugante de  su corazón.

¡Ayúdenme pues, amigos, a reconocerlo junto a Unión Latina, como lo que siempre ha sido: un Gran Caballero del Poema, de la noble catadura del rocío y la palabra empeñada!

El Nacional

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