Opinión

ISLARIO

ISLARIO

Ningún humano puede desarraigarse totalmente de aquello que lo ha escindido. Es en la raíz de la herida que radica el recuerdo. Es en el paso desolado de la amargura donde abrevan los instantes que nos hacen únicos. El mentís de toda existencia, es el grado infatigable de sopor que nos dona la memoria. Y cada cual conserva en ella habitaciones separadas, para alojar los cuantiosos desafíos con que amolda el insomnio sus edades.

La vida es una estratagema que apuesta perennemente al azar. De él los humanos somos su perdido recodo. Por eso cada uno de nuestros pasos no son más que intentos de la gravedad para reducir los peligros a los que nos expone el poder inimaginable de los sentimientos. Puesto que un hombre crecido en su voluntad deviene asombro y consumación de una energía en proceso y desarrollo permanente.

Todo lo humano –la cosa humana-, es dos cosas a la vez: fijeza y ubicuidad. Es decir: fugacidad y permanencia; incertidumbre y certeza; pensamiento y fantasía; creación y holocausto; poesía y política…  No es de extrañarnos pues, que el mismo hombre capaz de construir pirámides resistentes al tiempo, sea el mismo que atenta frente a la Historia contra su más caro anhelo…

Si la vida es una constante irrenunciable, ¿por qué no sopesar la imbatible tragedia de su anverso frente aquellos momentos donde el hombre se regodea en su fiereza? El hombre, la vida. Verdugo y magia; circo y misa; plenitud y abandono; mar y cópula; deleite y procacidad; caos y metáfora; flor y minotauro…

Ciertamente, el hombre tiene dos caminos para enrumbar la derrota de ser hacia sí mismo. A esos senderos de la fe, los empedra y adorna tanto el gozo carnal como el desvanecimiento espiritual. Es decir: la vida en su proyección más íntima e infinita; la vida que lo colma tanto de placeres como de pesares; la vida, que tanto como lo abate encarnecidamente; lo expresa, lo contempla, lo justifica y anega; transformándolo y redescubriéndolo incesantemente. Prestándole el dispositivo mágico con que Dios se divierte, que es la imaginación, para que todo, con uno de sus simples toques, se haga paisaje, se convierta en símbolo, se vuelva emblema, renazca melodía o amanezca hecho caricias…

Si aceptamos como verdad insoslayable (¿?) aquella sospecha transfigurada en el atrevido aserto de que “ningún humano puede desarraigarse totalmente de aquello que lo ha escindido”, tendríamos la obligación de darle al dolor categoría de género. A falta de una más apropiada, y por la urgencia de los nuevos tiempos en la barahúnda de los espacios posmodernos. Atrevámonos a decir por ahora que tal categoría descansaría con la desmemoria que la ha engendrado. De este modo, al olvido de “lo humano”, finalmente, le encontraríamos parentela con la naturaleza de Dios… ¡Quizás sea ésta la única y real aventura que emprende el hombre en su interior!

El Nacional

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