José Saramago (Azinhaga, Santarém, Portugal, 16 de noviembre de 1922 – Tías, Las Palmas, España, 18 de junio de 2010), se sabía un escritor de talante y talento atípico. Disfrutaba con los suyos, y por los suyos, de una vida austera, escandalosamente común, y sedentaria. Jamás cedía a lo que entendiera su razón y corazón, como proyecto alejado de la verdad y los buenos propósitos. Era un diamante verbal, sin poses de reflejos ni altisonancias, cuyo brillo, procura y transparencia, a veces parecía molestarle. Mas, sentía el placer de la confianza al saberse rodeado de gatos, personas y cachivaches muy queridos.
Era un nauta felino que viajaba inmóvil, desde la imaginación al lenguaje, sólo precedido por letras paridas con pasión y a veces con indignación, en su jardín flotante. Un dulce y aguerrido heterónimo, que no ganó el misterio del convento, pero sí la entrañable cotidianidad que brindan los afectos y los espacios comunes.
Su verticalidad se convirtió en leyenda, cuando nacida de la perplejidad, se volvió eco de su pensar profundo, en ocasiones considerado radical, pero siempre reconocido como independiente.
Cosas del cielo y de la tierra no les fueron extrañas a su legado temático; de señera y nada secreta intención ideológica, y de imperturbable, significativa e intrépida filosofía.
Era un criticón convencido y un esteta intransitable, sí, pero de fina estampa, mal disimulado coraje y decidido encauce.
Su obra, más que un memorial nada inocente de la ética y la utopía, es convención de la lucidez, enfrentada con valor a la ceguera de unos pocos, que intentan validarnos la barbarie. Por eso sin dudas sobrevivirá al escarnio de un tiempo de espíritu y moral resquebrajados.

