Saramago siempre estuvo en guardia frente a los aprestos de la catástrofe que supone para las humanidades un presente plagado por el infortunio del más descarnado e injusto de los pragmatismos.
Era voz grande y grave, que aún sin ser solicitada ni ponderada, hendía su esencia ideológica en el cuerpo áureo y comprometido de una detenida reflexión.
Pensó, creó, soñó y militó: un mundo más justo, por equitativo; una obra literaria sustanciada, equilibrada e impredecible; un hombre más humano, sensible y responsable. Consciente de los valores de su cultura e identidad, y un ideal político, basado en los referentes sociales defendidos por la ética, la moral, el civismo, la historia y la filosofía.
Siempre urgido por las necesarias transformaciones que inquiere la timorata realidad de la vida del hombre común, José Saramago se sabía un esteta y se reconocia un soldado.
Carlos Monsiváis Aceves (Ciudad de México 1938-2010), era otro cuento, aunque parecido en sus márgenes y aforo.
Contrario al escriba portugués, al gran murmurador mejicano le caracterizaba la actitud rectilínea e impoderada de su ubicuidad.
Era un hombre que no temía a los recursos ni a los espíritus mass mediáticos; puesto que, aunque descolló en el ensayo, el cuento y la novela; era solicitado por la televisión, requerido por programeros radiales y acosado por editores de revistas y periódicos. Así, fungia como crítico de cine, comentarista de radio, columnista de medios impresos y analista de episodios sociales, políticos y hasta deportivos. ¡Uff!
Era un escriba infatigable. Un veedor consumado, cuyo apero verbal y forja creativa, a más de una generación nutrió, evidenció y sirvió de buen provecho.
El portugués era un hombre entero, dispuesto a cambiar la farsa en que a veces sucumbe y se desboca la humana presencia. El mejicano era un sin secreto recurrente, por cuyo través se placía la literatura y el arte en sustentar su poderío vital y enorme continencia.
A ambos los escogió la imaginación y el lenguaje, para reflejar su andadura tras la belleza, y aminorarle al hombre, con justicia, su histérica confusión histórica.

