Opinión

ISLARIO

ISLARIO

Jorge Luis Borges (1899–1986)  escribió en “El Informe de Brodie” (1970), que “un artista es un aquel que ve con asombro, donde los demás miran con costumbre”.

Asumido este aserto, entendemos por qué algunos  pretenden que apreciemos su “hechura humana”, por encima de obras y autores de verdadero ingenio y carácter.

 Porque “hay tanta iniquidad sin comentarios” -como decía el poeta uruguayo Mario Benedetti-, que uno -ya está seguro-, jamás dejará de abrevar en el asombro.

Juan Sánchez Lamouth (1929-1968) es uno de los grandes poetas de la nación. Al margen quedan  los despropósitos de capillas intelectuales y pseudo analistas de la realidad creativa del país.

Su obra trasmuta  universalidad, constituyéndose como símbolo  que refrenda y canta  la dignidad  del hombre llano. “Pobre de solemnidad”, como escribió Juan  Bosch en  “Composición Social Dominicana”.

Lamouth era “un negro entero”. Asumía la negritud en piel y canto. Y, aunque en buena parte de su obra, fingió ser uno de los alabarderos de la tiranía trujillista, su esfuerzo creativo más significativo estuvo inclinado a la necesaria revindicación social de su origen.

Ese conglomerado al que llamaba su “aldea”, le reconoce como el verdadero cantor de su historia de sacrificios y desventuras.

Para muchos, Lamouth era sólo un poeta de saco y fritanga. Es decir; de “culturoso”, al que le complacía la comida gratis dispuesta en eventos sociales, exposiciones de artes plásticas y  actos de puesta en circulación de libros.

 Pero esta creencia -casi asonada vil de una inédita pero difundida leyenda urbana-, responde al prejuicio de algunos racistas y demiurgos sicofantes, que intenta en vano despojarle del lugar de privilegio que le pertenece en la historia de nuestras  letras.

Era un gran lector, y sí, un consumado bohemio. Pero uno de los poetas  más prolíficos.

Dicen quienes lo conocieron que su espíritu de gran lírico aún pende como escudero de una estrella. El desgarbo que se le atribuyó, jamás redujo la calidad de su obra invicta. Basta su “Sinfonía Vegetal a Juan Pablo Duarte”, para justificar su presencia en nuestros  anaqueles.

El Nacional

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