Opinión

Islario

Islario

Quizás por su aparente lucidez, o “el cuido” metódico de sus maneras, sumado al detalle bonachón de feudo invisible, transpuesto como demarcación aparente de sus “finos modales”, tras el vacío icónico de sus lúdicas apariciones públicas, los intelectuales no aparecen como parte de las estadísticas, que rinden cuenta del comportamiento social del Producto Interno Bruto (PIB).

Es que los  intelectuales no interesan a los economistas, ni a la  Cámara Americana de Comercio, ni a la directiva de la ONU.

Así que ni  soñar con ver sus anhelos vueltos proclamas reivindicadoras dispuestas en carteles. Ni su pensamiento cifrado en la resulta de los diálogos legislativos.

Los intelectuales valen menos de un centavo. Es farsa en función electorera aquella mención de candidatos que lo sindican como “conciencia del alma nacional”, “espíritu libre en perenne vigilia para la conservación y expansión de nuestras libertades”, etcétera. Más una que otra “lindura” retórica, escondida en el refajo de los reconocimientos  risibles, sólo justificados por la verborrea política litigante.

Los intelectuales, conformes,  ya se han reconocido como “condóminos naturales” de una versión enrarecida de la desfachatez social, cuya estulticia, oportunista y milagrera, se reconoce desde el inconsciente, estructurada a conveniencia como blanda espina dorsal de un esqueleto compuesto por ambages, cuyo estatus quo lo define, como masa  informe y disfuncional de una anonimia creciente e inofensiva.

Nuestros intelectuales, parece,  desconocen  la palabra “rebeldía”, y han olvidado el sentido del precepto inviolable que supone “la libertad de expresión del pensamiento”; espacio reducido cada vez, adonde  ellos son  los más llamados a guiarnos y a representarnos.

Aunque guarden “el cuadre de lo insurrecto”, en su fuero interno son “palomitas inofensivas”; nerds de letra y cambio, con corbatines de payasos de circo, ideal para el disfrute de la comida gourmet, o la alegre música de  La Banda Gorda.

De ahí que  hayan advertido, sin acción  ni pudor, que carecer de una “razón social”, le permite, sí, que se le considere claque propicia para la burla o el ridículo, pero jamás “hornada” imprescindible para el trazado de planes y estrategias, que  fortalecerían  las raíces estructurales de nuestra nación y reconvertirían el presente; volviéndolo un mundo  transparente; menos  desaliñado y  más esperanzado.

El Nacional

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