Los venduteros de la avenida Duarte con París, tienen clarísimo lo que el cabildo capitalino debe hacer para solucionar el problema de insalubridad que provocan las inmundicias vertidas y no recogidas, fruto del hacinamiento y el histórico descontrol sanitario del sector.
Los alegres empresarios del transporte y el Congreso, conocen al dedillo, la conveniencia que supondría para el dominicano de a pie, la esperada ejecución de un bien diseñado y efectivo reordenamiento urbano.
La vocación de los profesores de Educación Básica, ha hecho frente a las adversidades y las carencias; trabajan con tesón al aire libre, enseñan con dedicación bajo los árboles, instruyen sin chistar entre las ramas, hacen de tripas corazón para volver menos penoso el diario aprendizaje de los alumnos de escasos recursos, que no pierden el entusiasmo ni su natural curiosidad, aun deban sentarse a diario en pupitres de blocks e identificar las vocales y las consonantes, en arruinadas paredes de cemento, tiznadas de blanco y verde, simulando las pizarras que no llegan.
Los médicos opinan, piensan, deducen, y hacen cálculos matemáticos sobre la realidad que obvia la novísima y fingida heterodoxia gubernamental, que nada entiende sobre lo que ha de significar, aquello de popularizar los jugosos viáticos, las abultadas dietas y los increíbles privilegiosciones de funcionarios y legisladores.
-¡Ay Mamá, debemos seguir con el pluri, porque el bar abierto donde se inventa nuestro futuro, no cuenta con el menudo suficiente para barrilitos desmemoriados!
Luego claman, reclaman, alegan y protestan; pero por mejores salarios, más vacaciones y mayores gratificaciones.
Los pacientes se impacientan, mueren, agonizan, desesperan. Y a las enfermeras, sólo el Diablo las toma en cuenta.
Los hospitales continúan vacíos de equipos, asistencia oportuna, utilidades y la otrora entrega desinteresada; pero regalan bacterias y desatienden de memoria.
Y todo a son (¿de Guerra?) de dengue y estipendios furtivos, a la vista del buen calvito con pinta de bonachón, que no ha podido convencernos de que sabe algo más que administrar la insalubridad y multiplicar el descontento y los despropósitos.
Y eso es todo, amigos. Pasan los días y seguimos mudos a la deriva. La isla sorda, flota alrededor de sus miedos y penosos cachivaches, y a nadie parece importarle su enseña en retazos. Vivimos ateridos. Soltar todo y largarse, no es opción. ¡La procesión la llevamos por dentro!

