A don Virgilio Díaz Grullón (1924-2001) le conocí de memoria. Corrían los años 80s., en sus albores de sombras esplendentes, y como quien no quiere la cosa, andando de brazo y espuma con el inmenso poeta, Antonio Fernández Spencer (1922-1995), me topé de súbito con su guayabera.
Era entonces El Conde, y en sus márgenes orales, bullían sus acólitos espejeantes.
La famosa calle de vidrieras y fantasmas blandía bajo el sol su inédita cabalgadura de espada y cayo.
Ese sábado -ahora me parece-, la media isla se había comido todo el trópico: brillaban las bromelias, cantaban las frutas en compañía de las verduras pregonadas, y las cayenas escondían su primor detrás de la oreja izquierda de la inolvidable poeta y ahora novelista, Angela Hernández.
Toda la confluencia de amigos y tertulios esquizoides hacían que la endecha de mi Santo Domingo comparón se pareciera por instantes, al sortilegio paradisíaco de la bendecida Buena Vista, en Jarabacoa.
Fernández Spencer pareció no divisarlo entre tantos saludos que interrumpían nuestros peculiares monólogos interiores, y yo, pariguayo al fin, y al principio pendenciero, le advertí con tiempo sobre la cercanía del celebrado autor de De Niños, Hombres y Fantasmas, (1981).
Pasaba la 19 de marzo por la hermosura de una mulata desquiciante piel de brisa tibia, otoño en ascuas, pelo negro hasta la cintura, falda corta, escote amplio, y ojos de un marrón embriznados por el fuego de la madrugada o el deleite frente al mar-, y Fernández Spencer apuró el saludo al cuentista y la presentación afortunada del escriba novísimo, para cesar en la fragua que habría de invitarlo a una aventura mejor, para sin reparos ni disimulos, seguir al encanto hecho muchacha en cámara lenta, con esa mirada dormilona de buitre kafkiano.
Digo que a don Virgilio Díaz Grullón le conocí de memoria, porque años antes, el notable poeta ochentista Médar Serrata, lo había invitado a una de las tertulias especiales de nuestro Círculo Literario Domingo Moreno Jimenes, celebradas una vez al mes en el Marios Restaurant, hoy desaparecido, y entonces ubicado en la avenida Bolivar, cercano al Parque Independencia.
Allí, con el miedo de hacer el ridículo, le dije extrañamente extrovertido-, que me parecía que uno de sus mejores cuentos, Círculo, tenía influencias de la obra narrativa del maravilloso Julio Cortázar. Que evidentemente, esa descomposición fantástica de planos, diálogos, tiempos, escenas y referencias, aludían al autor de Rayuela, por lo menos como fantasma incidental, argumenté creído, un tanto ebrio por tanta retórica de bachillerato.

