Recuerdo que, de niño, mi padre me hacia leer en voz alta los letreros comerciales que pasaban -raudos y fascinantes-, por encima del techito roto de nuestro desvencijado Datsun 120-Y. Entonces, el neón era una sorpresa y un desquite ante el anquilosamiento de una ruralía paterna orgullosa.
Yo crecí viendo y gozando esa ciudad un tanto mítica, que entonces era intransferible propiedad de mi admirado amigo, Marcio Veloz Maggiolo.
Ya adolescente, en el Parque Enriquillo de su Villa Francisca legendaria, el virtuoso culebrólogo pidióme entregara a uno de sus ayudantes mi recién estrenada Cédula de Identidad, adivinando, para mi deslumbramiento, su número exacto; con el consiguiente y larguísimo código serial.
Ese día descubrí que lo mágico era posible. Luego, ese mismo sábado, pero en el Parque Colón tras una retreta, confirmé que el respeto a los símbolos patrios era verdadero. Y ya en la noche ¡Ese botín magnifico de sabrosas veleidades!- fui testigo frente a mi padre y algunos de sus amigos, de que ciertamente la palabra empeñada era -¿es?- un icono de lo sagrado, del mismo modo que una galleta a un hombre se paga con una puñalá, porque la misma es -¿era?- más que una deshonra, una afrenta imperdonable.
Pero sucede que si recordar es vivir; recordar supone también, ausentarse en el presente para de alguna manera escudarse en el pasado; viviendo el futuro como la incertidumbre campante de un pesimismo, unas veces asumido, otras oficiado desde el inconsciente.
Mi generación, tanto está perdida en su asombro como encandilada en su espanto. Y, aunque no lo queramos admitir, esta ciudad ya a nadie nombra ni convoca. Sus habitantes vivimos el presente de la velocidad. Somos autómatas del futuro en el interior de su barbarie calenturienta.
La ría que le atraviesa en cuya orilla amé de veras y busqué corozos-, es el desplome connatural a nuestra psiquis. ¡Y ya nadie va al mar a beberse toda su nostalgia! Estamos perdidos en la memoria de nuestro abatimiento. El pasado nos deslumbra, porque rememorar pasajes adolescentes, henchidos de alumbramientos inusitados, nos reconforta ante un presente tan beligerante y falto de imaginación. Huérfano de bondades humanas y paradigmas.
Quizás, sin saberlo don Marcio, los escribidores dominicanos pretendemos que huimos de la desolación que supone oficiar la crónica del caos en el desmembramiento moral del hombre contemporáneo, cuando nos convertimos en penosos mendigos de su memoria desfalleciente.

