Opinión

Islario

Islario

Hemos llegado a unos grados tan sorprendentes de indolencia, que a veces pensamos que en nuestro país ya nadie escucha, ni lee, ni entiende. Y esto es  frustrante para los que sólo tenemos a la palabra como resguardo, arma, escudo y refugio.

Usted somete dos palabras al calvario de la superficie, y se atreve a esculpir  tres verdades con dos “San Antonio” bien resonantes, pero en el país nadie parece inmutarse.

Denuncia un despropósito y transmite una grande indignación, pero de inmediato nota que ni el perro del vecino se conmueve, aunque lo amenace usted con atarle por el cuello con longaniza.

¡El escándalo es que nada escandaliza!

Parece que, desgraciadamente, estamos curados de espanto. Hemos llegado a unos niveles de indiferencia tales,  que ya el esfuerzo del otro por el otro, deviene tozudez. El libro que habrá de historiar la vida cotidiana del dominicano de hoy,  traerá sin dudas sus acentos invisibles y su lomo deforme. Sus cronistas serán insomnes, ricos,  beodos y trashumantes.

Hoy no hay “lectores con lupa”, ni sociólogos insurgentes. Y si los hay, están mudos, ciegos, acorralados, o como académicos en el extranjero. ¡Nos cercan socios, impúdicos, menesterosos  y pusilánimes! Estamos desrostrados a orillas de nuestra hibridez y maleada hecatombe.

De ahí que algunos llamen “necedad”, a la insistencia de conjugar ideas y palabras; para reconocer, deslindar o denunciar. Mientras otros consideran  “huellas del progreso”,  a una realidad de espejos torvos,  en la que parece diluirse toda nuestra entereza y todo nuestro  coraje.

Lo triste es el refilón: Mentes “bien amuebladas”, nos convencen de que “¡Todo es una mierda!”. Los malos protagonistas se multiplican, y los perversos de memoria se alían a  violentos y psicorrígidos, a mercachifles, narcos e intelectuales con carné.

 La pena es redonda y  tiene su pre-historia en el desconocimiento mutuo. Somos “todo” menos “nosotros”. Olemos a fritanga y a desencanto. A sexo sin alma y a comida sin familia. A cuerpos en ruedo sin pasión, y a caminata sin cielo ni destino. Soñamos a la deriva y bogamos sin proyecto de soporte.

Si así no  fuera, ninguno se ahorraría los estremecimientos, y nadie osaría cerrar los ojos ante el dolor del prójimo.

El Nacional

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