No digo que soy honesto, pero mis hechos hablan, y como vivir es morir, ley universal inexorable, estoy listo a partir cuando Jesús me llame a rendir cuentas ante su excelso tribunal vigente. Y marcharé en paz un día cualquiera, en mañana o tarde, talvez una noche gris, pero no importa, me iré feliz, como quien nada teme.
Mas sin banal orgullo, proclamo que mis hijos jamás sentirán vergüenza de su padre, sino satisfacción, ni mis hermanas, ni los hijos de quien fuera mi padre, también hermanos míos, ni San Cristóbal, ni mis amigos, ni el país, ni mis familiares. Voy a rendir tributo a la gloriosa tierra que me vio nacer, erguido y victorioso.
A quienes sientan, puedan llorar, gritar, murmullar, enjuiciar, orar por mi descenso. Así mis verdaderos allegados tampoco sentirán vergüenza de quien esto escribe.
Mis amados nietos y nietas, tampoco sentirán vergüenza de mis acciones, porque, como humano, he cometido faltas, pero aquel que esté libre de pecado que arroje la primera piedra. Yo no tengo vergüenza, sino alegrías de nunca haber robado, matado o maldecido, ni siquiera a quienes me han hecho daño, perseguido, secuestrado en un hospital para quitarme la vida, injurias gratuitas, humillaciones, ingratitud y algo más.
He sustentado principios, metas, valores, honestidad probada, rechazando sobornos, canonjías, combatiendo el exceso de poder, saqueos al erario público nacional… He luchado por San Cristóbal, los pobres y la nación, los Derechos Humanos sin enriquecerme, ni manchar las manos con el oro corruptor. He sido combatiente de cosas malas, transitando a veces por mares adversos, conduciendo mi nave espiritual.
He amado y he sido amado. He sufrido y llorado, pero con la frente en alto. He salvado muchas vidas, ayudado y protegido tantas, he sido y soy profesor y mis admirados alumnos y alumnas, jamás sentirán vergüenza de su maestro, ni tampoco mis clientes en ejercicio difícil de la abogacía con honradez.
He cargado y levantado mi cruz con lienzos de poeta, ruiseñor de atardeceres y he sido un triunfador, venciendo valladares y hostiles caminos. He practicado la política, pero jamás he vivido de ella.
Cuando muera, que en la iglesia se cante: he guiado mi arca y en el camposanto de Sainaguá, que alguien entone una o dos canciones de Rafael Colón, Sira Medina, Fernando Casado, Jochi Hernández, Ramón Cordero, Marco Antonio Solís, Rafael Martínez, y un merengue Pipí Franco, Guandulito, Vinicio Franco, Andrés Zoquiel, amigo desde Los Mineros, o Fefita la Grande.
El más elevado tipo de hombre es el que profesa lo que practica, decía Confucio. A la historia me someto para que me juzgue. Anhelo ser sepultado debajo del nicho de mi madre, profesora Mercedes María Nina, para junto a ella descansar en alas de Morfeo.
A mis hijos no les dejo riqueza, mansiones, empresas, villas ni dinero, pero les dejo mis libros, virtuosos recuerdos y la fortuna de mi nombre como herencia inmortal. 55 años de duro trabajar.
A mi sepulcro, cuando se pueda, familiares y amigos, me lleven flores rojas y blancas, que yo en mi tumba, seré feliz.

