La más reciente trastada del gobierno golpista de Honduras y de sus mandantes es la de pretender montar el 29 de este mes una farsa electoral, con la espuria promesa de que tres días después el Congreso se pronunciaría sobre la restitución o no del derrocado presidente Manuel Zelaya.
Esa absurda fórmula cuenta al parecer con el aliento y respaldo de Estados Unidos, cuyo enviado a Tegucigalpa ha dicho que el mamotreto de elecciones forma parte de la solución política a la crisis hondureña que gestiona el Departamento de Estado.
El presidente Zelaya, con toda razón, ha calificado esa maniobra como juego sucio con el que Washington pretende blanquear al gobierno de facto de Roberto Michelleti y sus compinches.
El presidente Barack Obama parece resignado a dejarse desgarrar su vestidura de liberal por añejos halcones de la Casa Blanca, Departamento de Estado y Pentágono que no ocultan el propósito de reiniciar una cruzada antidemocrática en América Latina.
Pretender conceder prerrogativa jurídica y calidad moral al gobierno golpista de Honduras para montar una comedia electoral constituye una afrenta al liderazgo democrático de la región, que en ningún modo debería admitirse.
Estados Unidos juega hoy en América Central un papel indecoroso al auspiciar el blanqueo de un régimen sustentado en la bayoneta, mientras acepta como bueno y válido la situación de refugiado en la embajada de Brasil, del presidente auténtico de Honduras.
El Gobierno de Panamá ha adelantado que reconocerá al engendro que salga de las elecciones que pretende montar el gorilismo hondureño, lo que hace temer que el titiritero ha empezado a mover los hilos de su servidumbre.
El hedor de ese juego sucio en Honduras podría expandirse de un lado a otro del continente y es claro que la culpa histórica de esa infección volverá a recaer sobre Estados Unidos.
Hoy como nunca, toda América está en el ineludible compromiso de defender la democracia en Honduras.
