En estos tiempos en que términos como integración y solidaridad matizan el discurso moderno como parte de una nueva cultura, hablar de jus sanguinis para definir nacionalidades es un anacronismo. Si la palabra perejil se convirtió en luz verde para la feroz persecución contra los haitianos el nuevo concepto que se pretende introducir en la Constitución es un portazo en sus narices a la condición humana.
O una limpieza étnica, a través de la cual el fascismo se repite, no contra los judíos que para Hitler amenazaban a los arios, sino contra los sufridos haitianos, cuyo mayor delito es venir a República Dominicana a prolongar la subsistencia. O la agonía.
Los sectores que aupan el proyecto no se han percado de que tan identificados se sienten esos inmigrantes con su patria y su cultura que, aunque hayan nacido en el país, prefieren permanecer como indocumentados, en parte también por el temor, antes que apelar al jus solis para dominicanizarse. Puede servir de ejemplo el caso de las dos niñas sobre las que la Corte Interamericana de los Derechos Humanos tuvo que pronunciarse para que les otorgaran sendas actas de nacimiento.
Habría que ver qué fuera de los dominicanos y millares de latinos, algunos de los cuales han ocupado hasta ministerios en Estados Unidos, si la nacionalidad se midiera por los criterios que tratan de constitucionalizar los nacionalistas. De ser así es probable incluso que algún legislador tenga que renunciar a su curul por la dificultad para probar su dominicanidad por línea sanguínea.
Tan absurdo es que se pretenda imponer una figura inquisitoria como que el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) haya abjurado de su historia y principios, del pensamiento del doctor José Francisco Peña Gómez, al respaldar de alguna forma el jus sanguinis. Se pensó que su coincidencia sobre el aborto con los grupos conservadores que siempre lo han adversado por su discurso social y a favor de las libertades era sólo un acto oportunista y timorato. Pero es peor.
Al salirle al paso a la atrocidad de ese sector perredeísta y defender el principio que prevalece en la actual Constitución, que determina la nacionalidad por el lugar de nacimiento y otros aspectos, el ex candidato presidencial Miguel Vargas Maldonado, se consagró como la figura capaz de rescatar y conducir ese abigarrado partido político. Dejar las cosas como están es la posición más sensata.
Como al menos a la inmensa mayoría de los haitianos lo único que les importa es subsistir tiene uno que preguntarse ¿cuáles son los elementos de la dominicanidad que se busca proteger a través del jus sanguinis? Víctimas de una vida sin horizontes, antes que la solidaridad que demanda su condición, todo indica que la figura constitucional no es más que un pretexto para legitimar acciones contra inmigrantes acosados por la pobreza.
Figuras tan retrógradas e inhumanas diseñan a la medida de las ambiciones el traje de la nueva Constitución. No es un problema de leyes.

