Todo el reino estaba muy alegre: la reina acababa de traer al mundo a una niña preciosa.
El rey hizo una gran fiesta e invitó a todas las hadas, que aprovecharon para dotar a la pequeña princesa de grandes cualidades. Pero el rey se había olvidado de invitar a un hada que, por esta razón se sintió muy ofendida.
El hada se presentó ante la recién nacida y predijo que la niña moriría cuando cumpliera los 17 años, pinchándose con la aguja de un huso. No obstante, un hada buena transformó el maleficio en un sueño de cien años. Aterrado, el soberano prohibió todos los husos del reino. Mientras, la princesa crecía y crecía, y cada vez era más buena y hermosa. Un día, cuando ya había cumplido sus 16 años, y todo el mundo se había olvidado del maleficio, se subió a la torre del castillo y se detuvo ante una puerta. La abrió y se encontró a una vieja hilando. Como nunca había visto un huso, sintió una gran curiosidad cuando fue a tocarlo, se pinchó en la punta de un dedo.
En ese mismo instante quedó profundamente dormida. También se durmieron todos los habitantes de la ciudad, en la misma posición que estaban.
Sólo la vegetación no sufrió esa suerte y el palacio se cubrió de zarzas.
Transcurrieron cien años, hasta que un buen día un joven príncipe pasó por aquellos parajes, cuando vio el extraño muro de zarzas se acercó.
Pronto llegó al palacio, donde descubrió a la joven dormida le pareció tan bella que la besó. La princesa se despertó al instante y todos los que estaban en el palacio también.
Unas semanas más tarde, la princesa se casó con el príncipe y fueron muy felices.

