Esta columna fue escrita, adrede, antes de saberse los resultados del proceso electoral llevado a cabo el pasado domingo y lo hice de esa manera, porque para mí lo que se decidía ese día era sólo el nombre del color partidario que teñiría el Palacio Nacional. En ese sentido, era innecesario aguardar para tener certeza de que nada va a cambiar porque todo, al margen de quienes sean favorecidos, continuará irremisiblemente igual.
La campaña electoral fue bastante elocuente para que cualquier persona con un mínimo de interés en que en este país las cosas funcionen de forma diferente, se percatara de que una organización política que asuma la promoción de sus convicciones bajo los parámetros en que lo hicieron los dos contendientes más poderosos, está imposibilitada de introducir las enmiendas mínimas que esta nación demanda.
Los partidos políticos, a través de sus prácticas, sus ideas y sus maneras de intentar convencer a los electores de las bonanzas de las mismas, van develando sus potencialidades ante la posibilidad de acceder al control político del país. Resulta impensable que una organización partidaria se transforme una vez instalada en el poder y actúe en disonancia con lo que ha sido en su trayectoria precedente.
Lo que puede ocurrir, y es el caso tanto del PLD como del PRD, es lo contrario, que un partido simule en sus años de lucha por el poder determinadas ideas y principios y luego desdiga sus postulados y se traicione a sí mismo.
Analice con detenimiento las características esenciales que ambas entidades asumieron a lo largo y ancho de la campaña electoral y le será fácil comprender que en ningún caso están provistas de las herramientas requeridas para marcar distancia de los compromisos que contrajeron durante ese período en que no son capaces de reparar en ningún detalle siempre que contribuya a su único propósito que es la conquista del poder por el poder mismo.
Recuerde cómo lo importante era sumar, sin hacer ningún escrutinio de la historia de las voluntades adheridas; los recursos se aceptaban al margen de orígenes y sin importar si la economía sufría un daño irreparable; los mecanismos de publicidad eran tan viejos como en tiempos que se suponían superados; el clientelismo de todo tipo fue la herramienta fundamental para sellar fidelidades. Por eso, al publicarse esta columna, podrá haber celebraciones puntuales e interesadas, la República Dominicana, en cambio, no tendrá razones para festejar.

