Opinión

La desigualdad

La desigualdad

Es probable que el tema de la desigualdad de ingresos conserve su relevancia en la medida que países antes considerados crónicamente pobres continúen mostrando rápido crecimiento tanto en sus economías como en su relevancia geopolítica. Sin embargo, es tiempo de asumir la realidad de que los empujes políticos y sociales por mayor “igualdad” no solo parten de una premisa inalcanzable, sino potencialmente peligrosa.

Resulta curioso para el que vivió los 80s y los 90s, aquellos tiempos del mundo “en vías de desarrollo”, observar como la preocupación social ha evolucionado desde el enfoque de la pobreza y la pobreza extrema hacia la inequidad del ingreso o la desigualdad social. No es para menos, esta era de “mercados emergentes” ha visto una reducción significativa en los índices de pobreza en Asia, Latinoamérica e incluso en Africa, y aunque ciertamente aún queda muchísimo por reducir, la ruta parece estar definida. Dentro de esto último empieza el tema de la desigualdad.

En palabra de analistas, líderes políticos y manifestantes, el problema reside en que una proporción muy reducida de la población concentra una parte significativa de los recursos económicos, y a la inversa, la mayor parte de la población solo tiene acceso a una proporción muy reducida de los recursos. Ciertamente, esto presenta la realidad de que existe una inequidad en el ingreso, lo que no explica exactamente es como es eso un problema.

En un escenario de combate a la pobreza las deficiencias son puntuales: empleo, acceso a servicios sanitarios y agua potable, residencia, alimentos, etc. Sin embargo, ante el problema de la inequidad en el ingreso, las deficiencias no resultan claras, y las propuestas de corrección son enfocadas a modificaciones en cargas impositivas y “redistribución”.     

Es razonable exigir a los Estados la garantía de libertades para sus ciudadanos, que le permitan a estos desarrollarse y alcanzar su felicidad en forma pacífica. Adicionalmente es función esencial de estos proveer las oportunidades mínimas pero competitivas, especialmente en salud y educación, a sus ciudadanos de forma que estos puedan participar en condiciones más equiparables en ambientes cada vez más competitivos.

Lo que no me parece razonable es imponer un castigo al éxito de un individuo a los fines de premiar no necesariamente al menos exitoso, sino al que no hace absolutamente nada por mejorar sus condiciones bajo el amparo de un Estado políticamente atado.

En la vida habrán algunos más trabajadores y talentosos, y otros que lo seremos menos. Es importante para el buen funcionamiento de la vida en sociedad, y el avance de la humanidad como raza, que el buen desempeño sea celebrado y que se evite incurrir en crear un riesgo moral al proteger el mal desempeño y las malas decisiones. De esto deriva que a pesar de todo el empeño que se le ponga no somos, ni nunca seremos iguales, y eso es bueno. Sigamos enfocados en reducir la probreza e incrementar el acceso a oportunidades, ya que hablar del “problema de la desigualdad” solo es útil para echar por la borda lo único que realmente nos pertenece, nosotros mismos.

El Nacional

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