El fin del mundo, esa dramática antigualla del clima finalista, es un clamoroso terror por el que viven y se desviven muchos que a lo mejor se sienten culpables de algo.
Unos temen que ocurra, otros lo quisieran para confirmar inútilmente sus razones.
¿De qué sirve una certeza que no se va disfrutar? Hasta religiones tiene el absurdo.
Hasta mercados rentables y, del otro lado, posibilidades ciertas de celebraciones anticipadas.
Lo bueno del drama es que no ha ocurrido y que ha sepultado (ya Nostradamus ha pasado a un segundo plano, pues se le cayeron en el camino algunas profecías) las más terribles previsiones de los profetistas, finalistas, fanáticos y religiosos que ha habido esta dolida humanidad. Nunca se ha dicho una verdad más clara sobre ciertas creencias
Hay mas religiones que niños felices en el mundo, talvez lo único que salva a Arjona.
Y es verdad que el mundo ha estado a punto de sucumbir partido en pedazos, a) por la locura ideológica y c) por las pedradas planetarias que nos regala en ocasiones el cielo con sus rígidas leyes y sus gravitaciones incontrolables.
El profetismo finalista es el cuco de moda que se lanza sobre la crisis actual de la humanidad, fecunda en guerras y conflictos sangrientos, cuyos beneficiarios no pueden justificar su adoración por las armas y por lo que ellas generan en rentabilidad bruta a los consorcios mejor blindados.
La tierra ha sabido esquivar su fin con heroicidad que no le van a merecer ningún reconocimiento.
Resistió durante millones de años lluvias intensas de puro fuego celeste.
Si no escapó ilesa de ellos porque su vientre prodigioso acogió esas criaturas.
De energía, sabiamente supo aprovechar lo mejor de esos regalos nunca solicitados.
Por ello tiene oro, minerales necesarios, un núcleo poderoso, océanos, y una criaturas que van de inocentes a tormentosas hasta los términos de creerse imprescindibles e hijas de una deidad que los trajo aquí para después transportarlas a una eternidad que no se sabe por qué se creen dignas de merecer cuando no han sido precisamente las que mejor se han portado.
Véase por ejemplo el caso del desmeritado cocodrilo que tiene decenas y decenas de millones de años sin hacerle daño al clima.
Y sin embargo, los méritos más altos se los autoasigna un ser que tiene en zozobra a todo el globo habiendo creado un efecto invernadero, extinciones masivas de otras especies, y creado un sistema-como va ocurriendo ya- en el que sólo terminarán por sobrevivir quienes tengan atesorados más recursos.
Ese es precisamente, el principio del fin.
La gente simple y de a pie, sufriente, desconsolada, se va a hartar de seguir soportando el peso mayor de la carga de la sobrevivencia mientras otros lo tienen todo para seguir tranquilamente sobre la cresta de la ola.
No ha habido jamás potencia en el mundo que se prolongue sobre los milenios a partir del hartazgo y la glotonería.
El mundo cambiará-está cambiando, en un proceso lento-evolutivo, independientemente de que haya fuerzas poderosas que lo quieran inmovilizar.
El fin de una era es previsible, puesto que las leyes del cambio, que son las mismas del movimiento, son las únicas que gozan de una justa inmutabilidad.
UN APUNTE
Explosión social
La gente simple y de a pie, sufriente, desconsolada, se va a hartar de seguir soportando el peso mayor de la carga de la sobrevivencia mientras otros lo tienen todo para seguir tranquilamente sobre la cresta de la ola.

