Anticipación del astro único, remanso deletéreo, sucesión y de la precesión y del solsticio, la primavera es la adolescente de las estaciones.
Las flores de mayo suceden y las vírgenes esperan.
Y las otras dimensiones del frío y de la oscuridad y las luciérnagas de la noche vieron el orgullo surgir en una hermana nacida del relámpago y del hielo.
Y los hombres las llamaron estaciones a partir de este acontecimiento extraordinario ya no fueron jamás otra cosa que soñadores eternos.
Plano informe de lo ubicuo, círculo del hábito,
Hay una rotación de abejas alrededor del trance, de la trayectoria, de todo sur, del mediodía tutelar del abejorro ciego.
El eje de un horizonte quebrado en pámpanos y en caracol ejerce ahora.
Es el abecedario elemental de la forma, la utopía que precede a todo florecimiento.
Es en la temperatura tutelar del amor, la órbita del Eros.
Estaciones Marinas.
Hay estaciones cruzando los mares que el tiempo ha soegado, que develan el rango fluvial de lo eterno.
La primavera es el despertar.
El tiempo es el fluir ritual sin palabras.
Las mariposas centellean con sus alas el borde de las almas.
El bosque es sus espinas desamparadas.
El devenir lo disemina todo.
Las florecillas del roble, el confluir del amanecer, las luces de la insomne.
El amanecer ilusorio del mes de marzo sorbe el fruto bohemio.
El elixir es sándalo, la sonrisa es el juego jugándose el terno.
El árbol y el mundo.
Cada árbol ve el mundo desde sus carnes,
Desde las raíces invertebradas, desde la flor irrebatible.
Cada operación de lo posible desoye a los cuervos de la desesperanza.
Me concierne y me es rampa el porvenir y el río es tesoro encallado en las orillas de la nada.
La primavera reconstruye el mundo,
Es ronda de claridades que deshiela crispado y lo desencadenado.
No una estación, es un estallido, un roce de fulgores y de sonidos, un ámbito de lo inesperado. Y de lo porvenir que discurre ahora y sigue discurriendo.
Es una y una multitud de dimensiones,
Un sonreírle las bromelias del recuerdo a lo ignorado, un orbe desmelenado, una sustancia febril de los jardines,
Un hábito de cardúmenes abrazados,
Azul sin sol
Un solsticio devorándose a sí mismo, una epifanía forestal, sonata de lo evolutivo, carroussel del bosque detenido y lo altiplano,
De la recia hondonada sonajera, la estación que es todo momento y todo ir y venir hay un nacer con todo lo que hay o está naciendo.
La primavera siempre habrá de volver.
Vuelve con sus hendiduras en el verde, con sus arreboles y sus cimitarras.
Con sus amores ciegos, sus ritmos longitudinales.
No hay
No hay primavera sin el rastro de espinas crucifijas, sin un ojo ermitaño, sin un vuelo de broncas y subterráneas centellas mirándose y mirándonos en los ojos del olvido.
Una estación sin esos sicómoros de espera, sin las lilas desorbitadas y sin amapolas por el rojo devoradas es un ala desprendida de los cielos.
Es un cántaro herido de sonidos, un océano de piedras, una prosa en el púrpura de la madrugada.
Antes del tiempo
Antes del tiempo, de la lluvia, de los astros y de la luz la flor era fuego inmemorial y la nada era el recuerdo azul de universos olvidados.
Entonces el recuerdo se hizo materia y árbol y río y piedra deshojada.
Los árboles recordaron su soledad insoportable, parieron el sueño.
Y los cerezos, el abedul, el sicómoro, la guama y el polen fueron.
En su libre parir crearon la primavera.

