Cuando el 25 de junio de 1995 el presidente Nelson Mandela caminó por el campo deportivo para entregar el trofeo como campeón mundial de Rugby al equipo sudafricano, integrado en su mayoría por jugadores blancos, además de celebrar una victoria deportiva, honraba a una nación que luchaba por su unificación.
El 10 de mayo de 1994, en su discurso de toma de posesión, Mandela hablaba de las dignidades básicas de las que se carecía durante el apartheid.
Desde el viernes, Sudáfrica es el escenario del Mundial de Fútbol 2010, que dejará una millonada de dólares a los grandes empresarios de esa nación y colmará de alegría durante un mes todos los hogares sin importar posición social, racial o económica.
Un análisis de la consultora Deloitte & Touche, revela que sólo 25 países producen anualmente un Producto Bruto Interno (PBI) mayor que la industria del fútbol.
El fútbol, que mueve anualmente 500 mil millones de dólares, está en una nación de 49,7 millones de habitantes, de los que la mitad vive con menos de dos dólares al día.
Mientras los sudafricanos más pobres reciben un 6% del ingreso nacional, los más ricos, que son el 10% de la población, se reparten más de la mitad de los ingresos.
El objetivo no es divertir, sino generar rentabilidad. En ese sentido, la consultora estadounidense Grant Thornton elaboró un informe en el que establece en 7 mil 325 millones el impacto económico del mundial.
Este mes se prevé la visita a Sudáfrica de 480 mil turistas que dejarían cerca de mil 117 millones de dólares. ¿Qué porcentaje de ese dinero irá a resolver problemas de los pobres de esa nación?
Sudáfrica es hoy el segundo país del mundo con más protestas por habitante. Una extensa red de movimientos sociales y asociaciones comunitarias mantiene vivas las promesas de que con el fin de la segregación la vida sería mucho mejor.
En este sentido, el Mundial quizás es una oportunidad para ejecutar planes de desarrollo elitista, pero también lo es para que el mundo vea la capacidad de resistencia del pueblo sudafricano.

