La Iglesia Católica durante milenios ha tenido que enfrentar duras pruebas, pero siempre, o casi siempre, ha sabido salir aunque no ilesa, si con la mayor incolumidad posible. El catolicismo «es conservador» dicen los más críticos porque: rechaza la homosexualidad, el sacerdocio de la mujer; exige sumisión a la jerarquía, rechazo a todo tipo de aborto; imposición legal coactiva contra la aceptación del divorcio, a la investigación genética, la eutanasia, rechaza la xenofobia, la globalización y el capitalismo salvaje y el celibato. Si todos no caen en el campo del dogma católico sí son puntos fundamentales de la doctrina.
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De aquí que, tenga la convicción a lo mejor indemostrable, de que la Iglesia Católica no puede «amurallarse» totalmente en la fe para cuestionar la razón de la terapéutica y deberá flexibilizar las «penas religiosas» para que no tengan que repetirse casos como el del obispo Gerhard MaWagner que catalogó el huracán Katrina como un castigo de Dios a Nueva Orleans por la cantidad de burdeles y abortorios presentes allí, obviamente una absurdidad que tuvo el Vaticano que enmendar.
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Siendo considerado el Papa Benedicto XVI un conservador de la línea dura, se hará todavía mas difícil derrumbar esa muralla. Incluso, un teólogo y profesor belga Jean-Pierre Wills, abandonó la Iglesia Católica porque el Papa rehabilitó cuatro obispos tradicionalistas, y dijo: «no quiero ser identificado más con el espíritu antimoderno, antipluralista y totalitario de esa Iglesia». Es decir, de adentro, de sus entrañas salen expresiones que delatan las inconformidades clericales , seculares y laicas.
Las situaciones más difíciles para los viejos saberes del catolicismo enfrentados con resistencia para no rendirse a las evidencias contemporáneas, los tenemos en la fertilidad y las prácticas abortivas.
A mi me surgen algunas inquietudes, tal vez propias de la ignorancia en estos temas de creencias, prácticas y ritos de los seres humanos y la divinidad, y no es, pues, extraño, que nos inclinemos por el imperio de la razón, pero sin tratar de apagar las luces de la fe.
Restringir la fertilidad está contra natura; pero si la induzco, también lo es. Entonces, entiendo esto como una contradicción para la Iglesia, pues la creación es de la ley de Dios, y si apelo a métodos científicos (la razón) para inducirla, ¿rompo con los esquemas religiosos (la fe)? Fe y razón se necesitan.
No tienen que ser impuestos, ni persuadidos. La misma Iglesia Católica por vía de su máximo representante el Papa Benedicto XVI nos dice que, «cuando se hacen cosas en que se actúa contra la razón es contrario a la naturaleza de Dios».
Me atrevo a pensar que el aborto terapéutico puede caer en esta contradicción de Fe y Razón, que no debiera ser, porque ambos se necesitan. Si lo vemos como una transgresión a la ley Divina no hay dudas que caemos en el campo del pecado; y si no se hiciera en un marco regulatorio, rigurosamente científico y dentro de la ética civil, entonces es crimen, es delito.
Ahora bien, si es cierto que la moral religiosa no debe imponerse a la ética civil, también no es menos cierto que las sociedades no son todas iguales aun dentro de una mayoría de creyentes o, incluso, en una sociedad confesional abierta y plural.
Hay países que por su laicidad se dan el lujo de adoptar posiciones «progresistas» según sus defensores, que han logrado establecer prácticas moralmente inadmisibles y políticamente irracionales que en nuestras sociedades en donde la ordenación de los actos humanos tienen un fin fuertemente ligado a la teología moral, no caen bien, no se aceptan.
Imagínese amigo lector en la Republica Dominicana legalizar los matrimonios entre personas de un mismo sexo (lésbicos y homosexuales entre hombres); o ver el caso de la Primer Ministro de Islandia que reconoce ser lesbiana. Peor aun, abortorios abiertos y públicos, estimulados y financiados por agencias internacionales, o los centros eutanásicos.
Sería impensable que no tenga una connotación realmente afrentosa para los valores morales en un país con tan fuerte tradición católica y cristiana en general, todavía apegado como nos dice San Agustín al concepto de «cree y comprenderás; la fe precede, la inteligencia sigue»; o también a la sentencia de San Pablo: «Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve».
Pero además, y para que no nos nuble el buen juicio, en donde prevalece el compromiso del Estado con el Concordato, el Tedeum y la religión oficial es la Católica, inquebrantables bases en que descansa, desde sus orígenes, la historia nacional.
Hace siglos que la Iglesia Católica juzgaba con severidad los «delitos de fe» (blasfemia, limpieza sanguínea, brujería, bigamia, posesión de libros prohibidos), sin embargo, y en una perspectiva histórica diferente, estos aunque son considerados pecados no tienen la proporción criminal del aborto, y hasta de la eutanasia, pues su afrenta cae en el campo, si cabe, de la ciencia cristiana (que cura por la vía espiritual o la ciencia infusa que la teología católica acepta como válida.

