Opinión

La Justicia en el banquillo

La Justicia en el banquillo

Ahora la que está en el banquillo es la propia Justicia, que de juzgar ha pasado a ser juzgada. Y todo por la frustración en que se ha convertido el cúmulo de descuidos e irresponsabilidades en torno a sus atribuciones. Aunque siempre se ha dudado de la  Justicia, hoy la gente está más convencida de que, además de ineficiencia y miedo  ese Poder se caracteriza por el cinismo. No tiene otra interpretación el hecho de que la Suprema Corte de Justicia volviera sobre sus pasos, no para enmendar sus atrocidades, que tan mal parado han dejado el Estado de derecho, sino para herir más a la opinión pública.

Durante la celebración del Día del Poder Judicial el presidente y el vicepresidente Jorge Subero Isa y Rafael Luciano Pichardo se quejaron, con un cinismo de antología, de presiones para que el tribunal fallara recursos como los elevados contra el préstamo con la Sun Land, así como de las consecuencias que tendría para la gobernabilidad y la seguridad jurídica la reforma constitucional que contempla el presidente Leonel Fernández.

Como todos los que reniegan de su pasado, el juez Luciano Pichardo culpó al Partido Revolucionario Dominicano (PRD), aunque sin identificarlo, de las presiones que dijo recibió el tribunal con relación al contrato de préstamo que el tribunal no se atrevió a conocer. Parece que  pretendía que se dejara dormir el sueño eterno el recurso que, al cabo de un año, se evidenció que la Suprema no había conocido por miedo. Pero no tuvo el valor de quejarse, por más razones personales que pueda tener, de las violaciones al presupuesto del Poder Judicial.

Y Subero Isa sabe que no podía escurrir el bulto y tenía que decir algo con motivo del Día del Poder Judicial. Nada mejor que sintonizar con los sectores, de los cuales forma parte precisamente el PRD, que se oponen a  la creación de dos nuevas salas constitucional y administrativa. Pero se desbarrancó al advertir que la decisión pondría en peligro la seguridad jurídica y la gobernabilidad, toda vez que  el propio tribunal  ha sido el que ha atentado contra esos principios con la sentencia que castra el Estado de derecho. No le importó pisotear sus propias jurisprudencias a la hora de dejar al pueblo a la intemperie con un fallo que forma parte de los episodios más siniestros de la historia jurídica y política de la nación. Es irónico que un Poder que se ha despojado de sus facultades y herido la institucionalidad  salga en defensa, con o sin razón, de la seguridad jurídica y de la gobernabilidad democrática de la nación.

Los jueces no tienen que ser populares.  Pero en el caso de los magistrados de la Suprema  el cuestionamiento ha sido por la irresponsabilidad que han exhibido ante recursos que culpan al Ejecutivo de violar la Constitución. Pero todavía tienen el tupé, como si se tratara de una burla, de hablar de presiones porque se les pedía que tuvieran el valor de conocer el expediente. Con la desconfianza que se han granjeado, lo más sensato es que los magistrados renuncien para liberarse del juicio moral a que han sido sometidos  e incluso tener alguna consideración en la historia.

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