Había una vez una liebre muy joven que vivía en el campo.
Era muy bonita y ágil, pero despreciaba a todos aquellos a quienes la naturaleza no había dotado de tantas cosas buenas como a ella.
Se divertía burlándose de los demás y sus palabras eran a veces muy hirientes. Solía atacar a una tortuguita.
– No eres nada elegante le decía-. Mira qué patas tan cortas, que cabeza tan pequeña y qué despacio andas.
Un día la tortuga se cansó y le reprochó sus continuas burlas:
– Tú crees que corres muy deprisa con tus patas largas, pero las mías, aunque san cortas, me llevan también muy rápido.
– Haremos una apuesta: te puedo ganar en una carrera.
– De acuerdo- respondió la liebre confiada en su velocidad, y se echó a reír.
El zorro fue nombrado árbitro y la carrera empezó.
La tortuguita no perdió el dedicó a caminar lo más rápido que le permitían sus patas.
La libre, despreciando a su adversaria, se sentó a descansar. Tengo todo el tiempo del mundo para llegar primero, pensó, y se quedó dormida sobre la hierba.
Cuando se despertó la tortuguita ya había pasado la línea de meta.

