Manifestaciones de rechazo a los largos apagones han cobrado la vida de dos personas en el barrio Capotillo, con lo cual el sufrimiento se convierte en tragedia.
Carlos Francisco Peguero, de 24 años, y Miguel Angel Encarnación, de 13, quienes según sus familiares no participaban en las protestas, cayeron abatidos en medio de una balacera que no tuvo pies ni cabeza.
En Salcedo, un oficial de la Policía resultó herido de bala en otro incidente similar, lo que hace temer que la indeseada oscuridad termine por incendiar toda la pradera.
Penoso es decirlo, pero la crisis financiera que agobia al subsector eléctrico no tiene solución a la vista, ni siquiera en el mediano plazo, porque el Gobierno carece de recursos para pagar cuantiosas deudas con los generadores.
La Corporación Dominicana de Empresas Eléctricas Estatales (CDEEE) anunció la contratación de dos plantas flotantes para aliviar el déficit energético, pero no se ha dicho de dónde se obtendría el dinero para financiar esas barcazas ni para proveerlas de combustible.
El subsector eléctrico es un barril sin fondo por donde se han dilapidado miles de millones de pesos en pago o amortización de deudas que en vez de disminuir se reproducen como la verdolaga.
No se sabe tampoco dónde conseguirán las autoridades otros 350 millones de dólares para completar los más de US$700 millones previstos en subsidios para este año.
La muerte a balazos ayer de un adulto y un adolescente durante protestas contra los apagones, constituye una tragedia reiterada que se desprende de una agonía mayor que abate a toda la sociedad.
Ni todos los dineros que genere la economía ni los créditos que puedan obtenerse en el exterior alcanzan para saciar la sed de recursos de una industria que, como la eléctrica, opera en base al mayor desorden financiero y gerencial de toda América.
Ojalá que la tragedia acaecida ayer en el barrio Capotillo sirva para sensibilizar a Gobierno y sociedad sobre cómo conjurar la maldición eléctrica.

