Opinión

La otra campana

La otra campana

Nicolás de Ovando, Comendador de Lares, arrogante, cruel, intransigente e intolerable como lo describen algunos de sus contemporáneos y sus biógrafos, trasladó el asiento de la ciudad de Santo Domingo de la margen oriental del  Ozama  a la occidental, en la desembocadura del rio que llega a las aguas del mar Caribe, ayudando a crear  el hermoso estuario que después recibió el nombre del Placer de los Estudios, a partir de la década que transcurrió de 1530 a 1540 cuando la Orden de los Dominicos fundó la Universidad de Santo Domingo, el 28 de octubre de 1538, autorizada por el Papa Paulo III.

Ese lugar, de belleza incomparable fue en realidad parte de la cuna de lo que hoy es la ciudad capital de la República, establecida,  en la parte oriental de la Isla que Cristóbal Colón bautizó con el nombre de La Española, no Hispaniola, como arteramente se le llama con objetivo que en nada beneficia a los dominicanos.

Nicolás de Ovando, incuestionablemente era un constructor y a cordel diseñó las calles de lo que se iba a convertir con el paso de los años en una agradable y placentera comunidad que  más de 500 años después, atesora algunas de las construcciones más hermosas de la época colonial, y vamos a enumerarlas sino todas, la mayoría: la Catedral Santa María de  la Encarnación, Primada de América; la Fortaleza Ozama; la Capilla de la Calle Las Damas; la que originalmente fue  la Iglesia de San Ignacio que hoy es el Panteón Nacional; el llamado Museo de las Casas Reales; la casa de Nicolás de Ovando; el Convento de Santa Clara; el Convento de los Dominicos, originalmente asiento de la Universidad de Santo Domingo; la Iglesia de Santa Bárbara; la Iglesia de Regina  Angelorum; las ruinas del Hospital de San Francisco; la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen; la Iglesia de Las Mercedes; la Iglesia de San Lázaro; la Capilla de San Miguel; la puerta de la Misericordia; el Baluarte del Conde ; el Fuerte de Nuestra Señora de la Concepción y en la parte alta de la ciudad, en el antiguo San Carlos, la Iglesia de San Carlos Borromeo. Faltan algunas obras construidas en ese período, pero ninguna  tan bella como el llamado Palacio del Virrey Diego Colón, la más imponente de todas.

Rafael Trujillo Molina, fue tan constructor o mucho más que Nicolás de Ovando; cruel, represivo, intolerante, asesino selectivo, comprendió, por instinto, al parecer, que su papel en la vida dominicana era organizar y modernizar al país incorporándolo al  siglo XX. Sin discusión de ningún género se benefició en términos económicos, políticos y sociales del protagonismo que el destino le deparó en nuestras vidas; pero los perfiles de ciudad moderna, organizada, limpia, iluminada, que su mano férrea , que castigaba, dejó , se ha ido apagando y parece que van a desaparecer. Al autor de esta columna le tiene sin cuidado y no le importan para nada los disparates, mentiras, fantasías e inventos que en este momento se discuten innecesariamente complaciendo apetencias y protagonismos, al margen de la verdad histórica, propios de un teatro de títeres y  alucinados que nada tienen que ver con los que real y valientemente combatieron la dictadura de Trujillo.

El Nacional

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