El presidente electo, Danilo Medina, no necesita agregar a su cargada agenda el conflicto que causó la suspensión del presidente del Partido Revolucionario Dominicano [PRD], Miguel Vargas, y la expulsión de otros dirigentes. Sin embargo, un par de sus colaboradores, cegados talvez por la euforia, se han abalanzado contra Hipólito Mejía, haciendo suyo un pleito ajeno.
Inteligentes estrategas no faltan al lado y detrás de Medina, a quien le sobra sagacidad y experiencia para ver en perspectiva las prioridades y conveniencias del gobierno que encabezará a partir del 16 de agosto. Tampoco le faltan problemas que atender de inmediato, como la enorme deuda externa, los ajustes que demanda el Fondo Monetario Internacional [FMI], una nueva reforma fiscal, el alto costo de la canasta familiar, el insostenible problema energético, la inseguridad ciudadana y las serias amenazas del narcotráfico, entre otros.
Suele resultar contraproducente ignorar que las confrontaciones, por serias y violentas que haya sido, terminan con el triunfo de una de las partes. En Enrique IV, de Shakespeare, el Arzobispo, expone sabio y juicioso en este sentido, ante cercanos fanatizados amigos del rey, embriagados por la gloria:
La paz se asemeja a una conquista
En que ambos lados se someten con nobleza
Y ninguna parte pierde
Pretender sacar provecho, tratando de destruir al auténtico liderazgo del PRD, es una misión absurda, divorciada de los pasos a seguir dentro del PLD. Con un país dividido en dos, 51% seguidores de Danilo y 47%, de Hipólito, es una locura plantearse la gobernabilidad, fuera de esa realidad y del marco de respeto y colaboración pertinente. Si no lo sabrá el presidente electo, como también debe estar consciente de que el proceso reciente cuestiona el orden democrático. Restablecer ese orden debe ser parte de su agenda.
Miguel Vargas carece de sustentación legal, estatutaria, orgánica y representativa para cuestionar y enfrentar la decisión de la Comisión Política que lo deja sin funciones. Apuesta, indudablemente, a ser favorecido por una sentencia del Tribunal Superior Electoral [TSE], en cuya sospechada parcialidad debe estar confiando. Sin calcular, desde luego, que ni el TSE, ni el PLD ni Danilo, ni mucho menos el presidente Leonel Fernández, estarían dispuestos a embarcarse en una aventura tan descabellada, poniendo en juego la estabilidad y su futuro político. Y destruir al PRD, el más votado en la pasada contienda, no creo que esté en la mente de alguien que tenga dos dedos de frente y conozca la realidad dominicana.

