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La plenitud de Lebrón Saviñón

La plenitud de Lebrón Saviñón

Contrario a lo que comúnmente puede creerse, no es tarea fácil abordar la figura emblemática de un intelectual de fuste.

Mariano Lebrón Saviñón, además de ensayista profundo, historiador de nuestra cultura, orador singular y significativo poeta; suma a su estro de humanista verdadero, los dotes propios del dramaturgo innato;  al que se le impone una vigilia celosa en pro de la conserva y desarrollo de la lengua de Cervantes.

Si a  esto se agrega el hecho de que se trata de una trayectoria inmarcesible, estructurada sólo para el bien de los demás,  puede el menos avisado imaginar, a qué reto intelectual se enfrente aquel que sólo pretenda esbozar, en uno sólo de sus ángulos; el perfil polivalente de este filántropo, y la hidalguía serena y sin igual del Primer Sorprendido de nuestras letras.

Lebrón Saviñón,  a la vez que funge como el más avezado y último humanista del Caribe español, es el único que prevalece con su asombro a cuesta, dignificando el oficio de escritor, y constituyéndose, a la zaga de los nuevos paradigmas; en el poeta y académico dominicano de la más joven plenitud.

Una de las personalidades vitales; ya con rango adquirido de símbolo, cuando en cualquiera de los recodos del mundo, se hace referencia al orbe crítico, creativo e intelectual de nuestra novísima Hispanoamérica ilustrada.

Ante una figura tan grata y cara a nuestros anhelos de crecimiento espiritual y literario. Ante una obra tan abarcadora, pluridisciplinaria, y sencillamente tan verdadera. Ante un ser tan transparente y humilde, frente a su ya reconocida, envidiable y redentora universalidad; las palabras se nos presentan insuficientes, y no podemos más que encogernos de hombros frente a la página en blanco; la que sólo nos permite escoger uno de sus tantos blasones impolutos para aplaudirlo.

Aplaudir sí, a la nobleza encarnada en don Mariano Lebrón Saviñón (Santo Domingo, 3 de agosto, 1922), modelo de hombre de bien, y molde del escritor que todos quisiéramos llegar a ser.

Trascendencia

Si nos detenemos con atención en la obra y trayectoria de este celebrado humanista, y lingüista meticuloso; podríamos comprobar que detrás de su indesmallable trajinar creativo, intelectual y docente, perviven los resortes de una épica.

Es a este “blasón impoluto” al que nos referiamos.

Puro en el estiercol

Sobreviviente moral de una época plagada de alabarderos pusilánimes y gratuitos, así como de cortesanos impúdicos y artistas renegados, don Mariano Lebrón Saviñón se convirtió en un testigo de excepción, y en el más ético de los escritores de su grupo.

Y aún no sean estos presupuestos, si se quiere, valores ponderables a la hora de aquilatar de manera crítica la estatura estética de una u otra obra en su conjunto, sí lo son, cuando obra y artista se desarrollan en un periodo histórico, donde lo común era la canallada de la miseria humana; en su más triste, aborrecible y pérfido esplendor.

¡He ahí la épica a la que aludimos! La épica interior no develada en que ha devenido la vida de este insigne bardo dominicano.

 Salir ileso y reluciente –como esa agua de la fuente a la que él siempre ha cantado-, del combate a muerte moral entre proclives y traidores; entre delatores y desalmados, no es tarea fácil. Pero además, lograr denunciar estas miserias, sin que el escritor ceda un ápice a la batahola del panfleto, es una épica. Y esto, don Mariano lo logró.

 Epica interior

Con un gobierno de fuerza, con pocas revistas y un par de mal contados “medios de comunicación” escritos, don Mariano logra con apenas 21 años, publicar en el primer número de la revista homónima del Movimiento Literario La Poesía Sorprendida.

Corría el mes de  octubre de 1943, y ya se perfilaba el humanista como uno de los ideólogos de la agrupación literaria La Poesía Soprendida;  uno de los clanes literarios más trascendentes de nuestra historia literaria, desde donde no sólo se lució como traductor de Paul Eluard (1895-1952) y Guillaume Apollinaire (1880-1918), sino que se le reconoce el haber sido “uno de los introductores en la tradición literaria dominicana del fecundo influjo de simbolistas, superrealista y arte puristas” (A. F. Spencer).

Fernández Spencer subraya que “preocupado Lebrón Saviñón por la forma, al traducir poemas de Eluard, Desnos, Henein, con frecuencia puntuaba correctamente esos poemas, sin atenerse a los originales franceses en que se había prescindido de toda puntuación.

En esa pequeña intromisión de sus preferencias estilísticas se hace patente el aprecio que el poeta tiene por las cuestiones formales del lenguaje”, actitud tras la cual -según el autor de “Vendaval Interior”- al tiempo que hacía su aporte como fino traductor de las corrientes vanguardistas francesas, contribuía a su incorporación en la “corriente viva” de la poesía dominicana.

Dos años más tarde, en enero de 1945 –con la tiranía apenas quinceañera-, el número 17 de los importantes “Cuadernos Dominicanos de Cultura”, trajo consigo el poema “Alguien llora en el mundo”, donde no sólo el poema canta a la amada dormida, sino que “denuncia” que ésta lo hace “entre dos desoladas madreselvas”, mientras él está “doliente”, gimiendo por su olvido y todavía escucha “el ventarrón de miedo” de su ensueño, para más tarde llamarla con “cuatro heridas nubes de puñales”.

Social y sensual

Dice el poeta, parar rematar; que sólo en los ojos de la amada encuentra la libertad y pureza que lo motoriza: “fue en el fondo de tus ojos donde me vi libre de amarras y en el paño de tu dolor de ausencia”.

Se trata de un poema denunciante, transfigurado en un conmovedor canto amatorio.

Es cierto que para guardar las apariencias el poeta dice: “Era un agua clara corriendo y despertando. / Era el cielo caído como balcón sin luz. / Era el tibio claror de música. / Era tu voz defendiendo la noche / oponiendo su sonoro cristal / a la aurora de todos los confines”…

Pero esa voz, a los que los intelectuales del trujillato presentaron –creyéndola inofensiva- como:“una de las voces líricas más puras de la joven poesía dominicana, también se atreve a decir: “herido estoy, sangrando por mi vida…” .

 Un año antes, en el número 13 de los mismos “Cuadernos Dominicanos de Cultura”, en el septiembre de 1944, don Mariano presenta una selección de textos que llamó “Sonetos y Canciones”, composiciones de un libro inédito titulado “Trópico virgen”, donde uno de sus poemas, “Invocación a mi isla”, dice: “Te llamo desde el bosque ardido de distancias / esperando una estrella en mi horizonte…”.

¿Ustedes leyeron eso?: “…esperando una estrella en mi horizonte”.

¡Estamos frente a un poeta social!. Todos creíamos hasta hace un rato que don Mariano sólo era un gran poeta sensual, amoroso y hemos descubierto que  el gran poeta sorprendido en el amor, devino gran poeta sorprendido en el dolor. Dolor social, sí, no sólo porque el verdadero amor es imposible en tal encrucijada, sino también porque carece de espacio para compartir sus fulgores.

El Nacional

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