La pobreza, definida como la insatisfacción de necesidades básicas en el individuo, ha sido tema de análisis en los planos social, económico y psicológico. Cuando hay plenitud de pan, dice Abraham Maslow, otras necesidades emergen y éstas, más que las hambres fisiológicas, dominan el organismo.
Hoy, es preciso ligar la definición de la pobreza al primer nivel en la interpretación de Maslow, es decir, la necesidad básica de comer.
Hace casi una década, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial advertían sobre el crecimiento del malestar social derivado de la falta de progreso económico en América Latina. Recomendaron una atención especial en el gasto social en los presupuestos de los países latinos para aliviar las preocupaciones de la gente.
Se debe entender que si tales preocupaciones acerca del malestar social creciente eran preocupantes, lo eran en el sentido de cómo afectaría ese malestar a la organización social establecida. Hablaron en esos términos los mismos organismos que han trazado durante las últimas tres décadas la política económica del país y de la región.
El censo realizado el pasado año, demostró que todavía en la zona rural de la República Dominicana uno de cada seis niños padece desnutrición activa en alguno de sus grados, lo que afecta su crecimiento y maduración, colocándolo en desventaja para el aprendizaje escolar.
Este problema está ligado a la pobreza y sigue el mapa de la miseria que se genera en el país.
Transcurrido este período de cambios en el esquema del neoliberalismo, el tema de la distribución estuvo ausente, por lo que se observa el aumento de la pobreza y el deterioro de la llamada clase media. Crecimiento y equidad fueron adversos.
Al parecer, lo que nadie quiere entender es que mientras a la clase media se le siga cargando el dado, no serán exitosos los planes de reducción de la pobreza, porque en las sociedades modernas la clase media es el motor que mueve la economía.

