Porque el deseo siempre ha de ser que la desgracia se disipe pronto y perdure siempre la dicha, no redunda la expresión nacional de júbilo por el triunfo anoche de la dominicana Martha Heredia en el concurso internacional de canto Latin American Idol.
Tampoco sobra repetir que, como nunca antes, el mosaico social, político y económico de la República se unificó en único color de solidaridad y adhesión a cada una de las actuaciones de la excepcional artista hasta que se proclamó su resonante victoria.
Razones sobran para el desbordante júbilo que ha expresado el pueblo dominicano por los lauros alcanzados por esa muchacha de Santiago que supo cautivar con su excepcional talento a millones de latinoamericanos.
Aunque el suelo nacional ha sido tierra fértil de artistas y deportistas que han multiplicado por el infinito el buen nombre de la patria, la reluciente estrella de Martha Heredia ha sido como agua fresca para una nación sedienta de alegría y esperanza, que se esfuerza por rescatar su autoestima.
Con su inmenso talento vocal, dominio escénico y sensibilidad artística Martha transformó el escenario del Latin American Idol en poltrona de los dioses y la República Dominicana pudo recuperar a plenitud su condición de exportadora de orgullo.
Dios quiera que el disfrute de este momento de regocijo nacional por el triunfo de la novel artista santiaguera, ayude a consolidar el gentilicio nacional y sirva para abrigar un auténtico sentimiento de unidad en la diversidad.
De un valor inestimable ha sido el mensaje que, tras tocar la epidermis de la gloria, Martha Heredia ha dirigido a la juventud dominicana, al señalar que su triunfo es prueba de que los sueños se pueden lograr y de que es posible ordenar la vida.
El tiempo que liderazgo social y político dedicó a respaldar los esfuerzos de esa dominicana por alcanzar al cielo, ha sido inversión altamente redituable, como todo lo que ayude a abonar el jardín de la juventud.
El triunfo de Martha obliga a proclamar ¡Viva República Dominicana!
