La historia juzga a los hombres por su conducta final. ¿Quién recuerda al coronel Caamaño como agente policial represivo? Pero nadie olvida el paso de héroe a villano de Edén Pastora, comandante de la revolución de Nicaragua.
Así ha sido y seguirá siendo por los siglos de los siglos, y fue quizás lo que temió el cardenal Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), ya que su estado de salud no le permitía seguir dirigiendo una iglesia en la que cada día se incrementan las demandas de modernidad.
En una acción más que valiente, honesta, el vicario de Jesucristo en la Tierra reconoció sus limitaciones y decidió entregar el poder el último día de este mes. Sin dudas que el Papa pensó más en el legado que dejará a la posteridad que en el poder que detenta en el presente.
En el mundo cristiano y no cristiano hacen falta líderes con el nivel de responsabilidad de Benedicto XVI, que entiendan que los procesos no llevan sellos particulares sino que son parte de la evolución de la humanidad.
La salida honorable de la casa de San Pedro, marcará con tinta indeleble la gestión del Sumo Pontífice, por la valentía de reconocer que había llegado el momento de colocar en otra mano la férula papal con el que guiaba el rebaño de Dios.
El Papa debe ser, aunque nunca se lo creyó ni actúo así, el hombre más poderoso sobre la faz de la Tierra, pero eso no fue suficiente para emborracharse de poder y reconocer que el paso de los hombres por los cargos es transitorio y que la vida no es perenne.
Ahora corresponde a los 118 miembros del Colegio Cardenalicio, con derecho al voto, escoger al sucesor de Benedicto XVI y ojalá el electo tenga un perfil moral similar a su antecesor.
Al Papa nada lo obligaba a renunciar e incluso la tradición desde los papados de Lino y Clemente, es que morían en el ejercicio de la función.
Pero este hombre del siglo XXI supo anteponer las ambiciones que caracteriza a los humanos a los intereses de su iglesia, lo cual lo enaltece.

