Carmen quiso representar a Mario cuando aún ella no era agente, y él era el autor, tan solo, de dos libros y medio. Cuando ella superó las cuarenta primeras páginas de La casa verde se produjo el flechazo. «Tengo que ir a ver a este joven».
Mario la había conocido en las oficinas de Carlos Barral, su primer editor; ella trabajaba allí, era una joven ejecutiva adornada con un rodete (un moño) que ya no se ha puesto más. Balcells era ya de ordeno y mando, pero no se había destapado aún.
Ese libro, La casa verde, la deslumbró. «Fue para mí un hueso; no llegué a entrar en el texto hasta la página cuarenta y pico. Me dije: ‘¡Ya lo veo claro!».
No suele hablar así de los libros; los representa y los vende, está entre los agentes más temidos del mundo, de modo que no suele hacer florituras para explicar lo que lee. Pero este libro, y este autor, es muy especial. Es un fetiche. De modo que habla de él como si lo acabara de leer. «Es absolutamente innovador. Mario ha suprimido el tiempo narrativo y en una misma frase engloba el presente, el pasado y el futuro con una tranquilidad pasmosa. De modo que el lector se queda completamente en Babia si no tiene la paciencia de seguir».
Ella tuvo la paciencia de seguir y de comprarse un billete a Londres, en busca del autor, que aún tenía treinta años. Se dijo: «Cuidado, Carmen, estás ante una obra única, ante un escritor único. Y me fui trazando el siguiente discurso: Mario vive en Inglaterra donde en cada puerta hay un agente, no puedes dejar suelto a este genio de la escritura».
Mario estaba escribiendo, pero fue al hotel donde estaba Carmen. Lo primero que le dice: «Tienes que dejar de trabajar». «¡Y cómo mantengo a la familia!». Mario ganaba quinientos dólares, dando clases. Carmen no tenía ese dinero, pero contaba con un amigo zaragozano que se lo prestaría. «Tendrás los quinientos dólares», le dijo Carmen.
Se los pagaría hasta que acabara Conversación en La Catedral, «durara lo que durara la escritura».
Pero había una condición; ahí empezó la historia de Carmen Balcells, hasta entonces secundaria de la película editorial como responsable de derechos de Seix Barral. Esta frase da inicio a la aventura que la ha hecho temida pero legendaria:
-Te pagaré con una condición. El contrato para ese libro con Seix Barral lo haré yo. «Fue», dice ahora Carmen, «cuando asumí el auténtico papel de agente literario».
E hizo la revolución que en muchos momentos ha tenido con la lengua fuera a editores e incluso a autores. «Ella me explicó en Londres lo que quería hacer», recuerda Vargas Llosa. «Me dijo: ‘Mi función debe ser la de defender al escritor y no al editor.

