Siendo el presidencialismo una realidad, a Leonel Fernández poco le importa que su esposa pueda ser la segunda al mando. En este país los vicepresidentes no son otra cosa que figuras casi superfluas, cuya preeminencia depende de la voluntad del jefe del Estado. No hay duda, pues, de que las flores tendrían que ceder espacio a los dulces. No más de ahí. Los grandes contratos y negocios están reservados para el Presidente. Seria una gran ingenuidad suponer que Leonel Fernández desconozca el transfuguismo en toda sus facetas y probabilidades.
Sólo un par de ilusos e ignorantes pueden esperar que, con todo el poder que ha logrado acumular, esté dispuesto a compartirlo, poniendo en juego el trono del halagador calificativo del Príncipe, halagador calificativo arreglado por un amplio coro de periodistas y comentaristas pagados. Evidentes Cicerones, inconsecuentes, dispuestos a brincar la cerca para cantarle al que, dentro de unos meses, firme los decretos y ordene los cheques. El control del Congreso, con los poderes que se derivan de él, cambiaría de nombre, de registrar el PLD, en su nomina, a otro Presidente que no sea Leonel Fernández. El mapa congresual no seria el mismo en este escenario.
Nuestras apreciaciones pueden parecer profecías, pero lo cierto es que están fundamentadas en realidades históricas y la falta de unos valores morales que el propio PLD se ha encargado de minar, promoviendo el clientelismo, la francachela, el transfuguismo y todo tipo de artimañas que vulneran la democracia, volcándose contra ellos mismos.
Plantea un asunto de poder que desborda los intereses y estrategias del actual candidato presidencial del PLD, también legitimo y lógico aspirante a suceder a Leonel Fernández en los mandos de ese partido y del Congreso, en los que ha visto reducida su influencia. Tamakún, el vengador errante, no podría con tanta rabia. Y quién mejor que el Príncipe para saberlo y jugar, ahora, las cartas que le convengan. Nos resulta inevitable imaginarlo repartiéndolas guardando una debajo de la manga-. O tirando los dados, invariablemente cargados. Habilidades estas, también aprendidas en el poder.
