Ha sido más que asombrosa la metamorfosis sufrida por algunos comentaristas que otrora se las pasaban acabando con Miguel Vargas Maldonado y ahora son sus principales aliados.
Gente que en el pasado reciente llegó a usar contra él, los más inverosímil epítetos, ahora lo pretenden endiosar, solamente por coyuntura política.
Cuando un dirigente político pone su defensa en manos de adversarios, se produce una coincidencia sospechosa, lo mismo que cuando integra a un proyecto personas cuyos pedigrí está matizado por deslealtades.
Nadie puede negar que el PRD está sumergido en una crisis que podría desencadenar en una división, como también es obvio que el grupo del presidente del partido no cuenta con el apoyo de los organismos de base.
Por eso, ningún dirigente de tradición, de esos que han dejado las suelas de los zapatos en los callejones de los barrios marginados, se ha aventurado a justificar el aislamiento del presidente del partido durante las elecciones.
Solamente Fiquito, quien ha sido expulsado en dos ocasiones del PRD por traición; la primera en 1988 cuando respaldó a Peguero Méndez para la presidencia de la Cámara de Diputados, que en ese momento era el candidato de Palacio, para enfrentar a Winston Arnaud, escogido por los legisladores perredeístas, y la otra la semana pasada por el mismo comportamiento.
Miguel Vargas tendrá que justificar muy bien a la militancia del partido blanco su comportamiento en el proceso electoral, porque aunque los que tienen presencia en los medios de comunicación son los dirigentes de arriba, la realidad es que en las bases los cuestionamientos crecen con el paso de los días.
Solamente basta hablar con gente de los barrios sobre el resultado electoral, con la gente que tendrá que sumar a sus esperanzas de retornar al Gobierno, otros 4 años, 2 meses y 11 días.
No olvidemos aquella expresión de que: la mujer del César no sólo debe ser honesta, sino parecerlo.

