En la presente coyuntura política, a propósito de las primarias del PLD y sus resultados, Leonel Fernández, en sus alegatos, tiene derecho, pero no autoridad moral. Pese a lo descarados que suelen ser los políticos dominicanos, eso es lo peor que puede pasarle a una persona, intentar ejercer prerrogativas que le asisten, estando despojada de la legitimidad necesaria capaz de generar respeto y adhesión en sus reclamos.
Es indiscutible que el esclarecimiento de los cuestionamientos que puedan hacérsele al proceso tiene una connotación que trasciende la figura de cualquiera de sus protagonistas para ser algo de interés colectivo que atañe al fortalecimiento de nuestra precaria democracia.
No obstante, reducir la problemática, puesta de manifiesto el 6 de octubre, al escrutinio de los votos, es una lastimosa manera de abordar la situación por el último de sus eslabones.
En la mayoría de los resultados electorales de los certámenes que aquí se han celebrado, todo ha estado consumado antes del hecho material de ejercer el sufragio. Eso está determinado por la carencia de institucionalidad que propicia competencias electorales absolutamente inequitativas, donde la libertad para votar brilla por su ausencia debido a mecanismos de los que disponen los detentadores del poder que les proporcionan ventajas competitivas ostensibles.
La disponibilidad de herramientas de participación, en ese contexto, son asimétricas, a lo que se adiciona el histórico control del organismo llamado a arbitrar el evento y de las entidades de fiscalización del uso de recursos públicos, cuyos titulares se hacen los desentendidos ante flagrantes violaciones a textos constitucionales y legales.
Eso no ha ocurrido por arte de magia. Ha sido un resultado provocado por gobernantes que han alcanzado sus metas políticas o la han preservado como consecuencia de disfrutar de esas ilegítimas ventajas y que jamás las han combatido por los beneficios que de eso han derivado.
Si un político puede ser señalado como responsable de que eso haya sido y continúe siendo así, es precisamente Leonel Fernández, personaje que ascendió al poder rodeado de grandes expectativas, considerado en su momento como el presidente esperado por este país y cuyas tres gestiones gubernamentales constituyeron una pérdida de la oportunidad de subsanar los grandes vicios de la institucionalidad dominicana, de los cuales hoy abjura por el único motivo de que no estuvieron colocados a su servicio.
Claro que este desastre debe ser superado, pero para lograr que mandatarios como Leonel Fernández jamás asciendan al solio presidencial.

